El rastro de estrellas que lleva a la luna

SINOPSIS:

Este texto retrata con una sensibilidad extraordinaria la verdadera esencia de la enseñanza: acompañar, escuchar y sostener emocionalmente a quienes más lo necesitan. La figura de la profesora aparece llena de humanidad, paciencia y ternura, convirtiéndose en refugio para un alumno perdido entre el dolor y la incertidumbre. La narración destaca por su realismo conmovedor y por la delicadeza con la que aborda temas tan complejos como la soledad, el amor adolescente y la enfermedad familiar. Cada diálogo transmite autenticidad y cercanía, logrando que el lector empatice profundamente con Giovanni. Además, la metáfora de la luna y las estrellas aporta una belleza poética que ilumina todo el relato. Un texto profundamente humano, capaz de recordar el inmenso valor emocional y social de los docentes.

El inicio de la jornada sigue siempre el mismo ritual: despertador, ducha, pantalones y sudadera, y un desayuno dulce; no consigo meterme nada salado en la boca antes de las siete. Salgo de casa ya consciente de la media hora de tráfico que me espera antes de llegar al instituto, pero apenas cruzo el umbral de aquellas dos puertas de cristal cerradas desde dentro, me doy cuenta de que las voces y los gritos de los alumnos valen más que el ruido ensordecedor de los coches esperando en un semáforo. Las clases ya están llenas de chicos desorientados sin su brújula virtual: el teléfono móvil. A regañadientes se ven obligados a dejarlo sobre la mesa del profesor hasta el final de las clases.

A tercera hora ya tengo mis crisis existenciales: ¿habrán entendido la lección de ayer? ¿En tercero serán capaces de responder a las preguntas del examen de mañana? Por fin estamos en penúltima hora y solo me queda 3º A, después podré volver a casa. Hoy no hay reuniones por la tarde y dentro de pocos días empezarán también las vacaciones de Navidad. Ya estoy cansada.

—Buenos días, chicos. No os quedéis todos amontonados ahí. Sentaos.

Veo un poco de confusión, pero intento no darle importancia. Llego a mi mesa, ya llena de permisos de salida y de papeles desordenados para la próxima excursión. Me siento y abro el ordenador, pero no he terminado ni de escribir la contraseña para entrar en el registro cuando ya escucho la voz de Hedi a mi izquierda llamándome:

—Profe, profe… ¿me oye, profe?

—¿Qué pasa, Hedi?

—Profe, ayúdenos. Giovanni no está bien hoy. Lleva dos horas escondiendo la cabeza entre los brazos sobre la mesa y no responde. Solo quiere llorar. No quiere decirnos qué le pasa. Pero usted… de usted se fía, con usted habla… como la semana pasada, cuando se sentó a su lado y le contó por qué no duerme por las noches. Inténtelo, profe… por favor.

Me acerco a la mesa de Giovanni, llena de dibujos y frases extrañas. Ni siquiera me he quitado todavía la chaqueta.

—¿Qué ha pasado, Gio?

Mi alumno, de apenas 14 años, pero una cabeza más alta que yo, me mira y se hunde aún más en su círculo. No quiere compartir su pena con la clase, nadie debe saber de ese dolor que hoy apaga su sonrisa de siempre. Vuelvo a preguntarle qué le pasa, pero no obtengo respuesta, así que decido sacarlo conmigo al pasillo, puerta abierta para cualquier confidencia.

—Hedi, apuntará en la pizarra quién molesta —digo antes de salir, aunque me doy cuenta de que, en un momento tan triste, nadie tiene ganas de bromear.

Apenas fuera del aula, el pequeño hombrecito busca enseguida una esquina, una columna, una pared donde esconderse para proteger su malestar. Llorar en público no es cosa de chicos, sino de “niñitas”. Se sube la capucha negra de la sudadera y, vestido de luto, responde con monosílabos a mis preguntas.

—¿Ha pasado algo en casa? ¿Tu madre vuelve a estar mal?

—No.

—¿Has tenido problemas con la moto nueva?

—No.

—¿Alguien te ha ofendido?

—No.

Después de sacar mis preguntas habituales, me atrevo a ir un poco más a lo personal.

—¿Tienes novia?

—Sí.

—¿Lo habéis dejado?

—Ella.

—¿Quieres contarme qué ha pasado? No puedes guardártelo todo dentro siempre, porque corres el riesgo de explotar.

Giovanni es un chico muy reservado que está intentando crecer sin la ayuda de una madre. Un terrible cáncer de huesos la obliga a someterse a largos ciclos de quimioterapia en un centro especializado del norte y, durante su ausencia, él pasa las noches en vela. Por la mañana, a menudo, se duerme en clase y su padre ya no consigue seguirle el ritmo. La tutora de la clase mandó llamarlo, pero su única respuesta fue: “Tengo que trabajar para que no le falte de nada”.

Estar aquí, en el pasillo, no es sencillo y, de vez en cuando, las miradas curiosas de chicos que van al baño nos observan mientras las abundantes lágrimas de mi alumno caen al suelo y los sollozos se alternan con respiraciones cortas. Giovanni se suena la nariz y sigue hablando:

—Yo no quería que pasara esto. Yo la quiero. Ella, con sus buenos días y sus buenas noches antes de apagar la luz, me hace sentir menos solo, profe. Ahora ya no me habla más, ni siquiera una llamada perdida. Hasta hace pocos días pasábamos horas al teléfono. Yo aprendí a confiar en ella, profesora. ¿Y de qué sirvió si me dejó? Incluso conseguí distraerla de sus obsesiones.

—¿Obsesiones? ¿Qué quieres decir? —le pregunto.

—Sí, profe. Ella dice que come, pero yo sé que tira la comida a la basura. El otro día le pregunté qué había comido y me respondió pasta con salsa, pero no es verdad.

“Maldita sea, esto también… no hacía falta”, pienso para mí. Lo miro y le digo:

—¿No crees que quizá ella ya tiene demasiadas cosas en la cabeza y necesita poner un poco de orden antes de encariñarse de verdad?

—Pero, profesora, lo quiere es que desaparezca un poco de su vida. Dice que ya no siente lo mismo que antes. ¿Eso es posible, profe? ¿Por qué dice cosas que me hacen tanto daño?

—Porque el amor no siempre es correspondido, Gio; de hecho, muchas veces va en una sola dirección. No todo es tan sencillo de entender a tu edad y, además, no puedes resolver los problemas de los demás. Por ahora debes concentrarte solo en ti mismo.

Giovanni no entiende por qué no hay solución para lo que le está ocurriendo. Su inexperiencia lo hace perderse; no tiene armas para defenderse de esas emociones de abandono que le llegan como flechas a un blanco. No acepta la pausa que su novia le pide. Sigue repitiendo, llorando, que es una derrota.

—Y, además, profe, durante estos ocho meses… juntos… nunca quise leer los muchos mensajes que me llegaban de otras chicas del instituto porque siempre pensé que, si ella era la luna, ¿por qué iba yo a mirar las estrellitas?

Sus reflexiones me desarman. Me alegra que tenga tanto respeto por las chicas en un tiempo en el que cuesta educar en la igualdad.

—No se irá nunca, ¿verdad, profe? ¡Duele demasiado!

—Escucha, Giovanni, no es exactamente así. El tiempo ayuda y además yo tengo la solución para ti.

—¿De verdad, profe? —sus ojos se abren de par en par esperando que hable.

—Solo quiero que dejes de admirar esa luna y empieces a mirar las otras estrellitas. Sigue viviendo de luces por ahora.

—Pero, profe, eso significa olvidarme de ella y yo no quiero.

—Gio, no tienes que olvidarla, sino convertirla en una estrellita. Solo así dolerá menos. Toda luna fue antes una estrella. Pero ahora volvamos a clase, porque si no tus compañeros se sentirán libres de hacer lo que quieran. Y prométeme una cosa: si vuelve ese nudo en el pecho… llámame. Te dejo mi número de teléfono.

Giovanni baja la capucha y volvemos al aula sin más vergüenza. Ha conseguido compartir su dolor y se siente más ligero. Ya no está solo. Quizá mañana no consiga responder a todas las preguntas del examen, pero habrá encontrado una solución para aquello que ahora lo inquieta.

«¿No es, acaso, ese el trabajo de una profesora: intentar ofrecer posibles alternativas a problemas incomprensibles?»


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