EL MECHÓN VIOLETA QUE ILUMINA LA TARDE

SINOPSIS:

“El mechón violeta que ilumina la tarde” trata deuna mujer que espera cada noche su tren en una estación y queda fascinada por Lecker, una indigente de cabello violeta ignorada por todos. Ese mechón despierta en ella un recuerdo de la infancia: una amistad perdida, libre y luminosa, marcada por mariposas de colores y una separación abrupta. El presente y el pasado se entrelazan entre el ruido de los trenes y la indiferencia de los viajeros. En Navidad, la narradora decide romper la distancia y acercarse a Lecker con un pequeño gesto de amor y memoria. Un cuento sobre la amistad, la pérdida y la dignidad que resiste incluso en el abandono.

EL MECHÓN VIOLETA QUE ILUMINA LA TARDE


Nadie se fija en la melena violeta de Lecker, la corpulenta mujer que todas las noches duerme en una estación de trenes. Distraídos y apresurados, los pasajeros no la ven e ignoran esas caderas poderosas que yacen sobre las frías baldosas de un suelo reluciente. Al mirarla desde lejos, parece sucia, pobre y sola, pero tiene una sonrisa espontánea que atrae. Mantas raídas y mugrientas, superpuestas a trozos de telas encontradas entre la basura, le cubren los pies descalzos, mientras botas y botines altos, al otro lado del andén, pisan la plataforma ferroviaria en espera.

 Hace mucho tiempo que vive allí. Le cuesta recordar cuándo llegó. Solo tiene consigo unos pocos objetos: algunos regalados por transeúntes, otros encontrados por ahí y guardados en una bolsa de plástico. Sus míseros harapos ya no conmueven y nadie presta atención a esas manos extendidas que intentan arrancar una moneda a los pasajeros más sensibles. Su única compañera es una máquina canceladora de billetes que, con su tric-trac, perturba su sueño.

 —Solo algo para comer —parece decir, en una lengua que no se entiende, cada vez que extiende el brazo.

 —Harían bien en llamar a la policía —se oye repetir entre las banales conversaciones de los viajeros.

 —¡Y además insultan! —añade la señora con abrigo marrón de terciopelo y guantes de marca.

 Yo, aquí, esperando mi tren, no he visto a nadie alzar la voz, aunque pasan bastantes personas insignificantes y extrañas. Miradas ausentes, inclinadas sobre pequeñas pantallas, me rodean, pero yo estoy hipnotizada, como ante un péndulo que oscila, por el cabello violeta de Lecker. Esa melena me envuelve, me arrastra hacia ella, que me estrecha contra su pecho y me tiende la mano. Distingo heridas en la palma de su mano derecha a causa del frío, pero no tengo miedo de estar a su lado. Hemos vuelto a los pupitres de la escuela. Es de nuevo mi mejor amiga, que mezcla sus palabras eslavas con las mías italianas. Corremos tras mariposas de colores: la suya es violeta y la mía, verde. La respiración se vuelve corta, pero no nos detenemos. Seguimos las pequeñas alas de esos diminutos insectos que se abandonan a la brisa matinal. Nuestras risas se dispersan en el aire. Somos ligeras como ropa tendida al viento y alegres como novias ante el altar, ignorantes del cielo que lentamente se cubre de nubes grises y oculta la llegada de una tormenta. Estoy a punto de llegar a la cima de nuestra colina para atrapar la mariposa verde y ella me sigue. Estoy segura de tenerla detrás, pero me doy la vuelta para buscar sus ojos y compartir mi alegría, y no la encuentro. Ha desaparecido. Una mano poderosa y huesuda la ha arrastrado lejos de mí. Detengo mi carrera y vuelvo atrás para buscarla, mientras su mariposa violeta se pierde entre matorrales y troncos secos.

 —Lecker, ¿dónde estás? —grito entre los árboles espesos. Ninguna respuesta. Un tren silba y me doy cuenta de que estoy en el andén tres, entre rostros desconocidos.

 Los escaparates de las tiendas llenan de color las calles. Es Navidad. Mi Lecker se perdió hace ya varios años. Yace en el suelo y nadie la ayudó a levantarse tras el abandono de los suyos.

 Esta noche ya no tengo ganas de seguir mirándola desde lejos. No puedo seguir ignorando su presencia que, como un pedrusco en la cabeza, me golpea cada noche cuando vuelvo a casa desde el mismo andén. Me detengo y me agacho. Le dejo un paquete rojo. Ella duerme. Siente una presencia. Abre los ojos. Estoy justo a su lado. Me reconoce; sus ojos se llenan de lágrimas. Querría decirme algo. Espera a que me aleje antes de pronunciar palabras que no entiendo, pero que llegan al corazón como cuando éramos niñas. Mi tren acaba de salir de la estación y la imagino mientras abre ese paquete y encuentra la mariposa violeta. Tal vez esas pequeñas alas la ayuden a levantarse y a correr conmigo. Ahora sonríe, mientras su mechón violeta rebota entre estrellas centelleantes que brillan sobre su cabeza.

  Feliz Navidad, amiga mía.


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