Sinopsis:
Este relato es una historia luminosa sobre la humanidad que puede surgir en los lugares más inesperados. A través de un encuentro casual en un hospital, dos personas comparten palabras, sonrisas y reflexiones sobre la vida, la pérdida y la esperanza. El protagonista anciano encarna la resiliencia, demostrando que la alegría puede sobrevivir incluso a las limitaciones físicas. Mientras la narradora recupera poco a poco su bienestar, descubre también el valor de la conexión humana y de las pequeñas promesas. La historia celebra la empatía, la capacidad de adaptación y la importancia de detenerse para apreciar a quienes nos rodean. En definitiva, es un canto a la bondad cotidiana y a la confianza en que aún existen personas genuinas y llenas de corazón.
Un granizado de fresa
—No se preocupe, espere aquí. Dentro de poco llegará su hijo a recogerlo. Su andador es inestable. No se fíe demasiado de él.
—De acuerdo, gracias, pero no quiero quedarme aquí parado. Voy a la entrada; quizá mi hijo ya esté en el rellano esperándome.
Un hombre delgado, alto y de edad avanzada camina. Cada pequeño paso lo acerca a mí, que lo observo consciente de que tendré que iniciar una conversación con él. Avanza con seguridad por un recorrido conocido, libre de posibles obstáculos que puedan detenerlo. Quiere hablar conmigo. Arrastra las palabras igual que los pies y lleva al cuello un cordón del que cuelga una pequeña bolsa con su teléfono móvil. Le sirve para pedir ayuda.
Lo miro, sentada a la izquierda del pasillo de un hospital, esperando que me llamen. Hoy, por fin, me quitarán los puntos y las férulas que me colocaron exactamente hace dieciocho días en la nariz. En cuanto termine, me iré a casa sin perder tiempo, ni siquiera para comprar pan. Este lugar me produce ansiedad. Quiero celebrar el final de una operación que esperaba afrontar con más facilidad.
Estoy absorta en la lectura cuando, a pocos metros de mí, escucho:
—¿Qué está leyendo?
Aparto el libro y levanto la vista. Él percibe mi paciencia y me regala una sonrisa, como una liana tendida hacia el árbol de enfrente.
—Un libro que compré casi por casualidad en una librería —respondo—. No sé exactamente de qué trata, pero la portada, con sus colores amarillo y azul lapislázuli, me impulsó a elegirlo.
—¿Y usted también lee algo?
—Yo ya no consigo leer. La vista no me ayuda —responde con cierta resignación.
En efecto, no lleva gafas y su mirada parece casi apagada.
—¿Sabe que existen los audiolibros? También puede escucharlos en lugar de leerlos —añado enseguida.
—¿Y según usted por qué voy por ahí con esto?
Me señala el cordón que había visto antes y comprendo lo que quiere decirme. Debe de ser un gran ejercicio mental renunciar a la lectura para dejar espacio únicamente a la escucha. Eso sí que es resiliencia, pienso: la capacidad de adaptarse a cualquier cambio con tal de seguir adelante.
Intenta explicarme algo, pero entre una sonrisa y otra no logro entenderlo bien. Su conversación es entrecortada y las palabras son más susurros que letras. Bajo la cabeza para no hacerlo sentir incómodo y sigo una charla que comprendo solo a ratos: bar, familia, amigos, respeto, nietos. Voy recomponiendo las piezas y concluyo que es un hombre feliz, rodeado de familiares y amigos que lo quieren, y a quienes él respeta y protege con gran dedicación.
Este hombre ríe a pesar de sus piernas temblorosas y de que sus brazos buscan refugio en las barras metálicas que lo sostienen. Su optimismo mantiene alejada la inmovilidad que algún día podría alcanzarlo.
—¿Denani?
Me llaman. ¡Por fin! Tengo que irme. Me disculpo y entro en consulta. Él, como un tren, reanuda su lenta marcha. Me espera una revisión dolorosa, pero será la última, y estoy contenta porque la doctora que me atiende es amable y muy atenta. Con cuidado me quitará las férulas y me explicará cómo continuar durante las próximas semanas.
Veinte minutos después todo ha terminado, pero antes de salir de la planta pregunto si mi compañera de habitación de hace dos semanas sigue en la misma estancia donde la dejé. El enfermero de guardia me indica que sí y me permite visitarla. Al llegar la encuentro dormida y murmurando, igual que la noche en que compartimos habitación. Sonrío, me limito a observarla y le pido al enfermero que la salude de mi parte. Parece que aquí dentro el tiempo se detiene.
Bajo las escaleras casi saltando y respiro todo ese aire que me había sido negado por los vendajes.
Llego al coche y tomo conciencia de la belleza de los aromas que me rodean. Casi había perdido la esperanza. He recuperado el olfato.
Mi pensamiento vuelve entonces al señor de esta mañana. Debo cumplir la promesa que le hice: tomar juntos un buen granizado de fresa. Ya lo he decidido. Iré al bar del centro donde estoy segura de que me espera junto a la mujer que lleva cincuenta años a su lado, a quien él definió como un ser inteligente.
Nos sentaremos a una mesa y continuaremos la conversación que empezamos hace unas horas en el hospital: la pérdida de tantas mujeres jóvenes y valiosas a manos de hombres violentos y sin corazón.
Quiero creer que todavía existen personas auténticas. Hoy no hace falta llegar tan rápido a casa. Puedo esperar.




