El rey bufón ya no cree en los cuentos de hadas

Sinopsis:

Este texto destaca por su gran sensibilidad y riqueza simbólica. La figura del rey funciona como una metáfora muy eficaz de cualquier persona que se siente atrapada por las expectativas, los privilegios o los roles que la sociedad le impone. El lenguaje es poético y evocador, con imágenes que transmiten libertad, vulnerabilidad y deseo de autenticidad. Además, el contraste entre el lujo del palacio y la sencillez de la vida común aporta profundidad emocional al relato. El desenlace resulta esperanzador y transmite un mensaje valiente sobre la necesidad de tomar las riendas de la propia vida para perseguir la felicidad.

El rey se ha cansado de llevar su corona, grande, preciosa y reluciente. Quiere deshacerse de ella y ponerse un gorro de lana que lo proteja del frío y le caliente las orejas. Esas orejas despegadas que siempre quedan descubiertas por la bufanda de seda y los jerséis de cachemira confeccionados para Su Majestad.

Junto con la corona también quiere librarse de los extraños vestidos de colores llamativos que está obligado a llevar en público. Cuando sale, está rodeado de guardias que lo custodian constantemente, pero él querría decirles que se marcharan y lo dejaran solo, libre para mirar escaparates vistiendo unas zapatillas deportivas y unos vaqueros negros.

Cada mañana, desde su ventana, contempla la torre más alta que se alza entre montañas lejanas. Sueña con llegar allí en un día de lluvia para poder observar el horizonte ante él. Debe de existir un mundo diferente más allá de la barandilla del balcón de la sala imperial, piensa.

Nació en invierno, cuando los dolores del parto de su madre se alternaban con el ruido de los truenos en el exterior, que, como si formaran una orquesta, se daban la mano y componían una melodía perfecta: la de la vida.

Pasa muchas tardes observando cómo el agua resbala por las paredes del palacio, llega a la tierra y, como hechizada por un encantamiento especial, protege el suelo de las inclemencias del abrasador sol del verano. Él también anhela protección y seguridad. Odia las máscaras y sufre cuando se ve obligado a llevar una.

—Dejad que mi gran nariz se muestre en toda su magnitud sin que tenga que avergonzarme del regalo más hermoso que me dejó mi madre —repite a menudo—. Quiero sonármela delante de todos cuando me apetezca, acompañado por el crujido de mis zapatos —insiste, pero nadie presta atención a sus peticiones.

Al rey le gustaría caminar por terrenos irregulares, olvidar esa alfombra roja que cruza cada vez que sale y balancearse, como un péndulo, entre una pared y otra de un callejón. Ya no desea almuerzos con cubiertos de plata y copas de cristal; solo pide saborear vino en vasos arañados y comer platos sencillos preparados por muchachas humildes.

Todas las noches contempla la luna, esa enorme señora que ocupa en la bóveda celeste todo el espacio que desea, mientras él permanece dentro de unos muros protegidos que ya no le permiten vivir. Desea ser un hombre libre, sin cadenas invisibles que obstaculicen sus sueños.

Durante demasiados años creyó en los cuentos de la corte, donde los reyes salvan a las reinas y los príncipes luchan contra dragones para rescatar a las princesas secuestradas.   Ahora, el rey bufón prefiere salvarse solo a sí mismo, acercarse a la gente y contar su historia. Está cansado de esperar a que el mundo cambie y a que alguien venga a rescatarlo.     Así que lanza su corona al aire y espera que el viento la arrastre lejos, más allá de esos relámpagos que anuncian la llegada de una tormenta perfecta. Y cuando la lluvia haya limpiado el difícil camino que lo espera, el rey abandonará para siempre su palacio.


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