ESCALERA A SENTIDO ÚNICO

ESCALERA A SENTIDO ÚNICO

SINOPSIS:

Escala a sentido único" es un relato profundo y emotivo sobre el paso del tiempo y las huellas que deja en las vidas de las personas. A través de la figura de tía Pina, el narrador nos lleva a un viaje a través de la memoria, donde los recuerdos dolorosos y las pérdidas se entrelazan con momentos de cariño y conexión familiar. El estilo de la narradora, que alterna entre el presente y el pasado, refleja la complejidad de vivir una vida llena de sacrificios, pero también de momentos significativos. La historia nos recuerda que, aunque el tiempo avanza y la vida cambia, la memoria y los vínculos familiares son los que realmente nos sostienen. La imagen de la escalera, que no tiene retorno, simboliza ese paso irreversible del tiempo.

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ESCALERA A SENTIDO ÚNICO

No hace falta esperar a que todo termine para hacer un resumen, a veces basta una sola tarde junto a una persona de 90 años para entender cómo el tiempo de toda una vida corre imparable.

Me recibe en el descansillo de su casa, en el tercer piso sin ascensor. Llego un poco agotada, pero basta un abrazo para hacerme olvidar las seis rampas de escaleras a pie, que siempre me parecen más largas cada vez que voy a su casa.

Me deja entrar y me pregunta si quiero algo de beber.

−No, gracias, tía. Estoy bien.

No la visito a menudo. Pasar tiempo con ella significa vivir el pasado en un presente que ya no le pertenece. Ella vive sola en una casa en el centro, y a menudo la veo asomada al balcón, la única ventana hacia la calle. Cada mañana, su cesta se llena con pan, fruta y verduras que le deja el chico que trabaja en el supermercado cercano. Basta con una llamada y la compra llega después de unas horas. Está contenta de verme. Finalmente podrá saber, podrá preguntar qué está pasando afuera.

−Com’è to’ patri? Finisti ’a scola? ’I to’ figghi su’ ancora fora? hanu esami?

−¡Despacio… despacio, tía! Dame un respiro.

Está impaciente. Quiere llenarse de información, como un vagón de carga al que solo le queda espacio para la última caja. Le respondo con mucha calma para frenar un poco su prisa.

−Sí, hemos terminado los exámenes este año y las chicas siguen fuera estudiando. Papá está cada vez más cansado y empieza a no oírnos. Tengo que repetirle las cosas tres veces antes de que me entienda y tengo la sensación de que se descuida desde la muerte de mamá. No está acostumbrado a cocinar, y además de la pasta con salsa y una loncha de carne en la sartén, no come nada más. Cuando viene a quedarse un par de días con nosotros, le preparo algo bueno para llevarse y así poder condimentar la pasta.

−Mischinu, ’A morti di to’ matri ’u abbattìu assai.

−Justo así. Apenas unas semanas atrás aún tenía un propósito: comprar las medicinas, lavar a mamá y hacer la compra. Ahora los días le parecen interminables.

−’U capisciu bonu a to’ patri. Iu oramai sugnu sempri avviluta e mi piaci quannu pozzu parrari ccu quarchidunu. Sugnu cuntenti ca vinisti.

Pina decide contarme su vida. Me siento en el sofá y comenzamos el viaje hacia atrás en el tiempo. Tenía doce años cuando perdió a mamá Rosalia por un cáncer de estómago.

Parece oírla hablar: −Pina, Pina, unni si? Veni ccà, nun m’ha’ lassari mancu ’n minutu.

−Ccà, mamà, sugnu ccà. Cchi pozzu jìri a fari ’a pipì? −E cchi hai ’i rini lenti com’a to’ nanna? Ccà ha’ stari fin’a quannu moru.

No podía acostarse ni un momento en el sofá del salón, ni tener un poco de libertad en casa. Tenía que estar pegada a ella, sin importar que ya estuviera prometida a un hombre del vecindario. Un desconocido que se encargaría de su educación: matrimonio, hijos, sacrificio, obediencia.

−Pozzu nesciri quantu ’o pigghiu ’u filu ppi raccamari dumani ccu Rosa?

 −No, ti dissi ca nun t’ha’ moviri.

Así lo hizo, hasta que la mano huesuda de su madre dejó la suya para siempre, susurrando su nombre. Última de nueve hijos nacidos de dos matrimonios diferentes, se pregunta por qué a ella le fue concedida una vida tan larga, si ya todos sus hermanos han muerto. Su padre, don Serafino, se volvió a casar con Rosalia, la hija más baja y delgada de las tres hijas de don Bastiano, solo seis meses después de perder a su esposa. En el pueblo decían que esa chica, de caderas estrechas y pechos pequeños, no sería capaz de parir ni una cucaracha, pero se equivocaban aquellos maledicentes, incrédulos de la fuerza de su madre que, entre bordado y bordado, consiguió generar tres hijas y cuatro hijos, antes de que la enfermedad la devorara.

Pina aprendió a coser, a cocinar y a hacer ropa para sus hermanos muy rápido. Ahora ya no puede ni sostener un crochet en la mano y los días de amasar pan están muy lejos. Su deseo sería tener a toda la familia reunida, pero cada día los hijos tienen siempre mucho que hacer, y ella, que nunca conoció la convivencia, sino solo una unión indisoluble en una sociedad sin igualdad, no se rebela. Me cuenta historias lejanas, sin alegrías, alimentadas de pan duro con leche en una taza, cuidando a hijos y nietos, como Lina, la hija que nunca tuvo, pero que junto con su hermana Rosa, viuda de guerra, criaron entre sus cuatro hijos varones. La llegada de esa niña fue vista como una gracia en esa familia. Aparecieron colores como el rosa de los vestiditos, zapatitos verdes y muchos lazos de colores para endulzar una melena rebelde, negra como el alquitrán. El rostro redondo y soleado de Lina acogía dos ojos grandes y profundos como el mar cuando está en tormenta. Fue la única que logró convencer a la abuela paterna de aceptarla, después de su rotundo rechazo a verla por no llevar su nombre: Ángela.

Cuando las palabras no son suficientes para resolver las discordias, el tiempo a menudo encuentra la solución. Y así, después de dos años de silencio, durante una mañana en el campo recogiendo aceitunas, esa mujer malhumorada oyó insistentemente: nonnuzza aiutimi. La pequeña Lina se había caído en un cubo y no podía salir. Su reacción fue inmediata. Se levantó y corrió a salvar a su angiluzzu. La ayudó a salir y no la dejó más sola. Le enseñó a caminar y la llevó con ella a la cocina donde, con el tiempo, aprendió a preparar especialidades como la pasta con broccoli arriminati y los espaguetis con hinojo salvaje y pan rallado tostado. Si las semanas eran largas y agotadoras para todos, el almuerzo del domingo era un momento único: primos, tíos y hermanos se reunían para comer juntos. Mientras los pequeños jugaban con nueces y habas secas, los grandes discutían bajo la luz de aceite sobre la nueva siembra, la preparación de la tierra y el cubrimiento de los invernaderos. Si la abuela Ángela lograba vender las pocas calabazas verdes del jardín, también compraban helados para Titta, Giuseppe, Angelo y Max, los hijos de la tía Pina, y Lina. Era una fiesta.

 −Sulu ‘i ricordi m’arrestunu. A cch’hanu sirvutu tutti ‘sti sacrifici, si’ ora nun haju cchiù nuḍḍu. Poviru figghiu miu, quantu travagghiau.

La tía tiene razón al lamentarse, porque no hay una explicación plausible para la pérdida de un hijo. Titta, el mayor, fue arrebatado a los 32 años por una leucemia fulminante y con su muerte todo cambió. Giuseppe, el segundo, se fue a trabajar fuera de Italia, Angelo, el tercero, se trasladó al norte y Max, el último, quedó como el babbunazzu de la familia. Durante años fue disputado por la otra hermana, Gina, estéril y sin herederos, que quería adoptarlo, pero el marido, de origen noble, no permitió que ese muchacho tímido y sin ambiciones lo representara.

−Talìa quanti fotografii su’ appinnut’ô muru, c’è macari chiḍḍa di to’ matri Lina.

Me levanto para mirarlas de cerca y entre muchos niños, jóvenes y adultos veo algunos rostros ya conocidos, otros que tal vez nunca sabrán de mí, pero que ella quiere que conozca.

−Tutt’i cosi si scòrdunu siḍḍu ’n c’è mancu ’na fotografia. Macari ’n buttuni abbasta, −añade complacida con su colección.

−¿Todavía conservas la foto de tus padres? −pregunto con curiosidad. La veo levantarse con esfuerzo y caminar un poco torcida.

−Maliditta ’a vicchiània, mancu ’a notti mi lassa dormiri. Ci vulia macari ’stu duluri ê jammi ca nun mi fa nesciri mancu davanti â porta.

Abre la puerta del mueble con espejos grandes y, entre tazas con dibujos chinos, saca una foto en blanco y negro.

−Chista è me’ matri e chistu me’ patri. Armenu iḍḍi appìru ’na vita longa, no com’â chiḍḍa di me’ maritu e di me’ figghiu. Arristai sula.

El marido lo perdió a los 38 años y no hay día en que no hable de su gran amor, enterrado junto al hijo.

−Me llamaba pupiḍḍa −dice, y no me sorprendo. Basta ver su amplia sonrisa para olvidarse de las miserias del mundo e imaginar que esos anchos caderas habrán encantado el instinto indócil del marido bajo las sábanas.

−Siḍu sulu aviss’avutu a iḍḍu, armenu nun passava tutti ’sti disgrazzi. −Amara a cu’ nun havi a nuḍḍu.

Llora.

Asisto a la historia del cultivo perdido por el granizo después de un año de trabajo, la enfermedad del primogénito que la obligó a lavar las escaleras de todos los vecinos para pagar las medicinas. Me desgarra el dolor del hijo delirante, presa de fiebre alta y alucinaciones, acompañado por los gritos de una suegra despótica, dejada en herencia por el marido.

−’Nn’haju vistu cosi tristi nnâ me’ vita. Se seca las lágrimas. Luego añade para consolarse:

−Ma vo’ diri ca ’u Signuri vosi chistu ppi mia.

Estoy como en una burbuja del tiempo que cuesta romper. ¿Cómo se puede permanecer insensible ante tanto dolor? Mis ojos se enrojecen. Ella me mira y entiende.

−Nun vogghiu ca l’autri chianciunu ppi mia. Già abbastunu ’i larmi ca haju jittatu iu. Vujautri hat’a siri filici. Siḍḍu hat’a chianciri, ’u giustu e nenti cchiù.

El relato se interrumpe y mi rostro se serena. Hemos vuelto al presente.

−Está bien, tía. Dejemos estos recuerdos dolorosos, hablemos de algo más feliz.

−Poche cose felici c’haju, ormai. Una è me’ niputi Sara ca studia a Modena e tutti ’i siri mi chiama. Menu mali ca ci su’ ’sti telefuni, sinnò fussi persa. Ma ’u vidi chi ura è? Ti ’nn’ha’ turnari â casa.

Siento que se ha cansado de hablar y que quiere dejar la charla para otro día. Me levanto del sofá y le pido un vaso de agua. Ya está oscuro afuera y tengo que volver. Me esperan para la cena, pero le prometo que volveré pronto a visitarla.

−¿Me acompañas a la puerta?

−Certu. Però nun ti siḍḍiari, si nun scinnu ’i scali. Ti talìu di ccà. Ca ccà l’aria è chiù frisca e c’è chiù lustru.

−¿Pero tendré que subir todas estas escaleras para verte la próxima vez, tía Pina?

−Mi dispiaci, ma siḍḍu mi vo’ vèniri a truvari, ha’ ‘cchianari ’nzin’a ccà. Chista è na scala a senso unico e nun mi fa turnari ’nnarreri. M’ammancunu sulu ’n pocu di scaluni e appoi arrivu, ma nun sacciu però chiḍḍu ca m’aspetta, spiramu sulu ca ḍḍa si sta megghiu.

No entiendo exactamente qué quiere decirme, pero le doy un beso en ambas mejillas y me voy, segura, espero, de encontrarla en el mismo descansillo la próxima vez.


			

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