DÉJAME DESCANSAR

DÉJAME DESCANSAR

—Respira, aún respira, aunque necesite de un ventilador y de una cánula para alimentarse. Los golpes en la cabeza y en las piernas han causado un trauma cerebral que no nos permite saber con certeza si va a llegar al nuevo día. Hay que rezar y esperar —dijo el médico mirando la cara desolada de la madre.

Le hubiera gustado decirle algo más, pero muy pocas veces había visto a un chico de diecisiete años golpeado así y sin razón aparente. Lo que no entendía era por qué tantos chicos se habían lanzado contra uno solo durante ese maldito sábado.

«¡Cuántas incomprensiones en esta época», pensó.

«¿Y si hubiera sido mi hijo?», se sintió culpable por no poder disfrutar de él durante estos tiempos de pandemia.

El suyo tenía solo un año menos que el chaval apaleado y esa mañana lo había despedido haciéndole la misma pregunta y recibiendo, cada día, la misma respuesta adormilada…

—No tengo nada, papá, estoy bien —que en jerga juvenil se convertiría en estoy decaído, me siento inútil, solo, confundido, débil, estoy a punto de llorar, deprimido, ansioso, rechazado por los demás, con el corazón partido, olvidado, triste…

Impotente con su bata blanca, miraba los sollozos de aquella mujer sin fuerzas que, paciente y resignadamente, estaba sentada al pie de la cama, acariciando los múltiples hematomas en las piernas y en los brazos de su hijo.

«No me lo puedo creer, todos contra mi Halib», mascullaba dentro de un cuerpo pequeño y desaliñado que el trabajo y las horas desveladas, en la espera de sus hijos, le habían quitado aquella ya lejana frescura de sus bellos rasgos.

—Con toda esa crueldad no sobreviviría ni un toro —repetía incansable y sin parar de llorar.

Fue entonces cuando el doctor, decidido y desesperanzado, frunció el ceño y se despidió sin nada más que decir.

En la esquina de la habitación, su padre, sin hacer caso a su mujer, rabioso y enfurecido amenazaba a la banda que había agredido a su hijo.

—No tienen ni dos dedos de frente esos malvados. Si mi hijo logra abrir sus ojos hinchados, en el nombre de Allah, ¡los mato aquí mismo! —y con ese nuevo reto se fue a buscar la máquina para tomarse un café solo y tan fuerte como su humor.

La rutina en esa familia cambió a las 3:30 horas de la madrugada. El policía de turno escuchó una voz rápida que avisaba que había un cuerpo tendido en la plaza Concordia, ahora desierta y abandonada, que todos los sábados se llenaba de chicos que querían olvidarse de la faena de la semana y dejarse arrastrar por la dulce manta de la oscuridad que, como unas gafas de sol, cubría las ojeras de la edad que avanzaba. Nadie esa noche quiso perderse esa matanza. Los detenidos relataron que no había algo más divertido que ver a un cuerpo que se retorcía en el suelo como una serpiente, pidiendo socorro y, a voz en grito, implorando que lo dejaran en paz.

La agresividad presenta una serie de características propias como un lenguaje despreciativo, gestos amenazadores y desafiantes, falta de respeto a los demás, maltratos físicos, pero casi nadie se entera de la profunda petición de ayuda, de la necesidad de cariño global y social que los verdugos necesitan para declarar su superioridad sobre la víctima. Desgraciadamente, muy pocas veces se aconseja canalizar esa agresividad hacia actividades socialmente aceptadas que también exigirían un alto grado de energía y nunca conllevarían a un derramamiento de sangre.  

A pesar de todo, Halib, solo, como anoche, seguía luchando entre la vida y la muerte y, en su túnel de supervivencia, miraba y escuchaba a los que lo rodeaban. Halib no los quería, casi los detestaba, porque en su familia el perdón o una segunda oportunidad eran impensables e inadmisibles. Los examinaba sin que nadie se enterara de lo que realmente le pasaba. Su mente estaba lúcida y su lengua emitía sonidos imperceptibles e ininteligibles. Sus reproches se expandían por el aire de la habitación y rezaba para que llegaran hasta el corazón de sus padres. En su impotencia, dócil y benevolente, los reñía.

«Papá y mamá, ¿dónde estabais cuando os necesitaba? ¿Por qué os preocupáis ahora de lo que me ha pasado y queréis generar más violencia? ¿Os habéis olvidado de las veces que os pedí que me dejarais el juego de llaves para quedarme en la casa de la playa sin tener que esperar a que llegara mi hermana de su trabajo, para acompañarla a casa de la prima Giusy? ¿Por qué tengo que cuidar de todos sin tener miedo? Lo tengo, papá, y mucho.

»Durante la espera y el recorrido ya muchos de esos chicos me fastidiaban y me insultaban. Les gustaba llamarme “chocolate” por este color de piel que no puedo cambiar y que me acompaña las 24 horas. Esta tonalidad me perjudica. En un mundo que predica la diversidad nadie defiende la unicidad, nadie respeta ni a mis raíces ni a mis progenitores. ¿En dónde tengo yo la culpabilidad? ¿Acaso puedo elegir el color de mi nacimiento? Si en un estadio pueden ondear las banderas de distintos colores y los tifosi se atreven a pintarse la cara para apoyar a su equipo favorito, ¿por qué cuando las caras se desmaquillan ya fuera del estadio todo el mundo pierde su tolerancia y respeto?

»El cuchillo que me diste, papá, nunca lo utilicé para defenderme y tampoco lo quise llevar conmigo anoche. Los insultos, los tacos que querías que usara cuando me amenazaran los pegué en la lengua para que no salieran de mi boca. ¿Y por qué tenía que violar a esa chica que ni siquiera conocía, solo porque tú me decías que no pertenecía a nuestra religión? ¿Sabes que el odio genera más odio y que si los extranjeros nos suelen parecer amenazantes suele ser porque hombres como tú alimentan ese miedo?

»Papá, ¿por qué crees que un hombre tiene que saberse defender siempre con la fuerza y a una mujer hay que protegerla de chicos hambrientos de sexo y borrachos que sueñan con follar con ella? Joder, ¿qué tienes en tu cabeza cuando etiquetas a una chica que lleva puesta una falda corta o un escote pronunciado? Si le pasara algo inesperado, tú, papá, con un sencillo “se lo merecía”, lo arreglarías todo.

»¿Por qué este estereotipo rancio y trasnochado, pero tan desgraciadamente vigente no desaparece del globo terráqueo? Veo tus lágrimas por mí, papá, pero no tu arrepentimiento por lo demás, por haberme enseñado a defenderme con palabrotas o brutalidad contra el acoso o el maltrato. Lo que yo más necesitaba era que me dijeras que, tal vez, no contestar o callarse delante de un insulto, me salvaría de esa parte instintiva y inhumana que cada uno guarda en si mismo, como herencia al salir del vientre de su madre.

»Ahora te callas y asumes que solo las oraciones podrían salvarme. Has perdido la noción del tiempo y miras a tu alrededor para pedir ayuda, apoyo, comprensión. No te das cuenta de lo que estás diciendo. ¿Estás soñando o estás despierto? Hay algo que no te cuadra. Te frotas los ojos para ver lo que hay alrededor de ti: la mamá que está llorando, mi hermana que no tiene voz ni voto, la abuela que quiere ver la realidad detrás de un cristal porque, desde que la obligaste a marcharse de Túnez, no consigue aprender un idioma incomprensible para ella.

»Papá, estoy harto de un mundo al revés, como decía la canción del lobito bueno, y no sé si me quiero despertar para seguir viendo lo que no me gusta. Si te tengo que ser sincero me gustaría despertarme porque de mi paliza naciera un amor inesperado, inolvidable, imborrable que fuera más fuerte que cualquier drama. Me encantaría que mis agresores me pidieran disculpas y asumieran su culpabilidad. Y que tú, papá, fueras más amable y estuvieras más presente en casa. No tengo ganas de ver como debilitas mi vida y fortaleces tus inseguridades descargando tus miedos sobre los demás: tu familia, tu legado.

»Nada pasa por casualidad, por error, por curiosidad o cuando lo quieras por eso yo dejaré este sueño largo que estoy teniendo cuando se agote el tiempo que necesitarás para comprender que el amor sorprende durante cualquier tarde, noche o mañana cuando creías que no lo necesitabas. El amor, papá, y no la violencia. El amor será la única cosa que no tendrás que conquistar nunca, porque, como la locura, desafía cualquier razonamiento lógico para no perder en unos segundos todo lo que tiene, todo lo que siente, todo lo que le pertenece y todo lo que quiere, como te está ocurriendo a ti.

»Quiero despertarme para disfrutar de una felicidad sencilla: ningún prejuicio más. Hasta entonces, papá, hazme el favor de dejarme descansar para olvidarme de este drama al que me has abocado sin que yo lo quisiera.

»Mi protesta es silenciosa, “dormida”, calladita para declararte mi disconformidad contra un mundo arreglado, planificado y repartido. Mi queja es informal, no es una marcha, una huelga, siquiera una cacerolada, sino una toma de conciencia de lo que te estás perdiendo si no cambias de actitud.

»Papá, llámame cuando estés despierto. Por ahora, te dejo con tus pesadillas». 2021