PENA, COMPASIÓN, IMPOTENCIA
Clara estaba sentada en un banco del jardín público donde cada tarde pasaba casi dos horas al lado de su mamá escuchándola cantar, porque la música es la única memoria que se deslizaba ya por sus labios como hace un trineo sobre la nieve. Le hablaba como antes no hacía y como quiere hacer ahora mientras mostraba esa mirada ausente, el sol le daba en la cara y el alboroto de los niños, que subían y bajaban de los toboganes y volaban en los columpios, llegaba a sus oídos, propiciando la desaparición de sus losas y sus ansiedades. Clara comenzó un diálogo imaginario e invisible con su madre en el que ella misma se preguntaba y se respondía, porque durante toda su vida había intentado conocer todas las explicaciones a tantas preguntas sin respuesta.
—¡Qué inquietos parecen esos niños allí en el fondo y qué amodorradas se muestran sus madres! –susurraba Adele, la madre de Clara, sin mirar a su alrededor ni tampoco a las madres de los peques, sentadas en el banco frente a ellas.
—Pero, mamá, son pequeños y duermen muy poco por la noche —le ilustraba Clara con una paciencia infinita delante de aquellas tan añoradas por ella miradas maternales.
—¡Qué feos son esos hombres! —seguía musitando su madre sin pelos en la lengua.
—Pero, mamá, son los obreros que están arreglando la calle. Están muy cansados. Se les nota en su cara bañada por el polvo mezclado con el sudor de sus caras.
—¡Qué desmadre en tu habitación cada tarde! —soltó su madre sin recato alguno y sin percatarse de que Clara hacía años que ya no vivía con ella.
—Mamá, la arreglaré yo cuando tenga un poco de tiempo. No te preocupes. Tú ya tienes cosas en las que pensar. No hagas caso a las mías –zanjó el tema Clara para que nadie se enterara de los habituales reproches de su madre.
Y entre una queja de Adele y la respuesta cariñosa e indulgente de Clara, los pitidos del móvil, dentro del bolso de esta, interrumpieron la imaginaria conversación entre ellas. Clara miraba el nombre que aparecía en la pequeña pantalla y prefirió tomarse aún más tiempo.
“Casarse con Juan sería un asunto serio y ser madre, más aún”, pensaba entre sí Clara antes de tomar la decisión de irse a vivir con él, al que conocía hacía solo tres meses, mientras le seguían llegando a los oídos las palabras de Adele.
—¿Qué tengo que hacer ahora, Clara? Yo no lo sé —reclamaba con insistencia a su hija.
—Tranquila, mamá, por favor, hazme caso. Dentro de poco volveremos a casa, ¿vale, mamá? Cógete de mi mano y no te asustes, vamos para allá. Es la hora de la cena. Vamos a limpiar, asear y enderezar tu cuerpo arqueado por el paso del tiempo y doblegado por la vida como hace la corriente del río con los delgados y débiles juncos de la orilla. Ahora quiero y debo yo ser tu fuerza, tu energía y tu sostén. Ahora mi cuerpo es tu cuerpo. Me da mucha pena dejarte sola y aceptar que te vayas sin luchar.
—¿Tú me has visto, hija? ¿Has mirado este cuerpo detenidamente? Es huesudo, enjuto, pálido, debilitado… y, aún así, ¿lo quieres llamar cuerpo? ¿Qué piensas? ¿De veras me parezco todavía a un ser humano? ¿Es que no me ves en la piltrafa, que me he convertido? Soy solo un despojo humano. Aquella mujer bella, hermosa y atractiva que conociste se está marchitando y cada hora da paso a este espectro que quiere mirar a la muerte con sus ojos marrones, profundos y aún vivos. No me cojas de la mano, Clara, lo que más deseo es que me sueltes y me dejes ir.
Y así todas las tardes Clara ensayaba el mismo guion, como un disco rayado, mientras cumplía con sus obligaciones de cuidar de su madre por pena y Adele, en cambio, hasta el último aliento, regalaba a su hija noches de insomnio y días de desasosiego.
¿Qué es la pena sino ese sentimiento de tristeza y ternura producido por el padecimiento de alguien, pero que no guarda relación con el cariño sino apenas con la educación?
Clara llevaba más de un año visitando a su madre todas las tardes y, desde que se fue a vivir sola, aceptaba con resignación su mal carácter, porque le hizo a su padre la sagrada promesa de que nunca la abandonaría. Creía firmemente que en cada madre vive una hija que la necesita y que en cada hija se alberga una madre, que la necesitará, porque la vida es una carrera de relevos en la que todos los miembros del equipo deben turnarse para realizar una misma actividad: pasar un testigo, un legado, para que el olvido no eclipse el valor de una existencia. Su madre ya se estaba acostumbrando a no tener barreras y a depositar todas sus cargas en la tierra antes de despedirse y marcharse a esa desconocida dimensión, que Clara no aceptaba y por eso le hablaba constantemente. A las diez de la noche la acostaba y se iba a su casa para volver a verla al día siguiente.
Por la mañana la enfermera Sira cuidaba de ella mientras Clara daba clases de español a niños en un instituto del centro. A las tres, como el acto de cambio de guardia en el Palacio Real, Clara llamaba a la puerta y Sira con prisa se despedía, mientras Clara, con calma, retomaba la conversación con su madre en un escenario, el del parque cerca de la urbanización, donde ensayaba esos dos papeles.
—No te atrevas a casarte con ese hombre rubio y con gafas gruesas solo porque le tienes compasión y no pasión —le espetó Adele.
¿Qué es la compasión sino un sentimiento de tristeza que impulsa a aliviar el dolor o el sufrimiento de alguien que quieres?
—No hija mía, no lo hagas. Tendría 16 años cuando tu abuelo decidió que me casara con tu padre y yo por compasión lo seguí. Ese pobre había perdido a su madre cuando empezó a trabajar en la empresa que ahora pertenece a tu tío Alfredo que, al heredar esa fuente de oro, sigue garantizando un seguro bienestar a su familia. Con la perdida de tu abuela, se quedó solo con un reloj que llevaba siempre con él y que quiso que le dejara en su ataúd para marcarle el tiempo. Durante un día de viento cálido y amistoso se trasladó al otro mundo, dejándome sola y contigo para crecer. Para él eras una obra de orfebrería que colocó en un lugar seguro y tranquilo, aquí en San Vicente de la Barquera, donde naciste y abandonaste a los 14 años, después de la enésima lidia que tuvimos. Después del entierro de tu padre me sentí abandonada y traicionada porque él solo cuidaba de ti, que te quejabas siempre por cualquier cosa, como esa noche cuando se fue a recogerte al restaurante donde celebrabas el final de curso con tus compañeras de clase. Llorabas por teléfono y él, como hizo toda su vida, te comprendió y yo no hice caso a tus palabras mientras ponía la mesa para dos.
—Papá, nadie me hace caso, por favor no quiero quedarme aquí ni un mínuto más. Quiero volver a casa –suplicó Clara a su padre llorando por esa incapacidad que tenía para socializar con alguien.
—Nunca te sueltas, siempre necesitas de alguien que te comprenda para sacarte de los líos en los que te metes —le recriminó sin tacto alguno Adele.
—¿Por qué, mamá, es odio contra mí? Nunca he podido comprender esa manía tuya contra mí desde que nací. Algo te debió pasar… Algún motivo debías tener para echarme siempre la culpa por todo…
—Los hombres, Clara, no se quedan para siempre. Tarde o temprano se marchan por su forma de ser. Para ellos el infinito es solo un espacio fuera de nuestro planeta donde no hay límites, ni principio ni fin. Y eso ocurrió con tu llegada. Ya no fui la reina de tu padre porque fuiste el mejor fichaje de su vida. Se dedicó en alma y cuerpo a ti y los dos erais como uña y carne. Supiste más tú del él con solo 10 años que yo. Nunca más volvió a hablar de su madre y te escuchó y mimó como hace un cura con una pecadora arrepentida. Todas las atenciones, que yo había recibido de él, se fueron desplazando hacia ti, haciéndome sentir que cada día que pasaba me iba quedando un poco más en las sombras. Tu padre te tenía en brazos siempre y con suerte hablábamos si no se trataba de ti, dejando nuestra relación de pareja anulada. Los dos jugabais todo el día y a mí solo me tocaba la parte dura, cuando había que amamantarte, vestirte o cambiarte. Verdaderamente me sentía como un instrumento, como una proveedora de leche y nada más. A él le habías llegado como un regalo, a mí como una responsabilidad.
—Mamá, ¿por qué no se lo contaste a papá, por qué me echaste la culpa a mí si yo no la tenía?
—¡Para qué, si él ya lo sabía! Porque él te amaba más a ti y yo no quería ser madre, sino mujer, mientras él se olvidó de ser hombre y deseaba ser solo un buen padre. No, no me arrepiento de lo que hice si es lo que quieres decirme con esa mueca en tu rostro. Naciste sin que te quisiera, pero tu padre sí que te aceptó con toda su alma y su corazón, y cuando la muerte inclemente y resolutiva se lo llevó con ella, yo no te lo perdoné nunca. Tú siempre fuiste la culpable de todos mis males.
—¿Yo, mamá? ¿Yo la culpable de tu depresión, de tus deseos incumplidos, de tu egoísmo, de tu crueldad y de tu insensibilidad? ¿Yo? ¿Yo, la única? Ahora comprendo por qué decías que era mejor que tú y no me dejabas salir a ninguna parte. Controlabas mi camino y me repetías que nunca podría superar el tuyo. En cada argumento me hacías sentir incapaz y no me dejabas ser como yo quería, no me dejabas formar mi carácter sin juzgarme, pero al mismo tiempo tampoco querías que me fuera de tu lado porque si no perderías a papá. Eso afectó a toda mi vida, ¿lo entiendes mamá? Y no fue hasta que dejé tu casa, algo a lo que no te opusiste en absoluto, que empecé a tomar conciencia de que yo sí era capaz de tener una vida propia. Al principio te odié, luego te justifiqué como hace una niña con su poca experiencia y su innata bondad al recibir más castigos que ternura de ti, pensé que eras mi contrincante y volví a ti el día en el que con tu enfermedad ya no podías hacerme daño. Y si me tienes aquí es porque el tiempo nunca devuelve lo que se lleva con él. Nunca más podrás insultarme o recriminarme por algo que no comprendí.
—Y entonces, hija mía, ¿qué haces aquí? ¿Por qué no me dejas sola después de haberte dejado tirada cuando me necesitabas? Ya has visto que las malas madres son como unas hijas caprichosas que nunca tienen flechazos con su descendencia.
Clara, aniquilada y estupefacta no contestó, sino que lloraba en silencio porque comprendió que nada ni nadie le otorgaría otra oportunidad para recuperar lo perdido. Permanecía impotente ante un destino ya marcado y zanjó ese diálogo que ahora ya no tenía sentido porque no reconfortaba, no afianzaba y no reconciliaba.
Era la hora de volver casa, de volver a una sola vida: la suya. La tarde calurosa del verano estaba terminando con un viento cálido y ligero que llevaba consigo cambios y nuevos proyectos sin Adele, sin una madre que nunca la ayudaría a ser una maravillosa madre.
¿Qué es la impotencia sino la falta o insuficiencia de poder para cambiar a alguien o defenderte de los peligros y riesgos que te pueden sobrevenir?
Clara, aturdida e incrédula empujaba la silla de ruedas y acompañaba a su madre a casa porque, si la pena y la compasión no se cogen de la mano, lo que queda es la impotencia y el libre albedrío.
Adele ya llevaba más de dos años dentro de la obscuridad. A su celda de aislamiento mental no llegaba la luz. La impotencia de su hija la dejaba desamparada y lo que más añoraba era tener su dignidad, de la que este largo sufrimiento la había privado. Y si ahora oyera al guardia del otro mundo abrir la puerta de esa mazmorra, una avalancha de olores y colores invadiría sus sentidos y a voz en grito, impotente hacia la muerte, diría:
—Levántala y tómala contigo, porque ya lleva mucho tiempo esperando a que tu luz le devuelva las ganas de vivir.
Y dirigiéndose a su mamá susurraría:
—Ahora, mamá, podrás ver el mundo como lo conocías antes de perderlo de vista y de perderme para siempre. Buen viaje, yo me quedo aún aquí.
¿Qué es la libertad si no el derecho de las personas a elegir de manera responsable su propia forma de actuar o vivir dentro de una sociedad?

