DOS VECES 2

DOS VECES 2

Ana llevaba unas semanas intentando comunicarse con ella. No le contestaba, ni leía sus mensajes por whatsapp. Todo era muy extraño por su parte. La conocía desde hacía muchos años. Era la amiga con la que había compartido los buenos y los malos momentos y nunca la había dejado tirada. Quería saber lo que le estaba pasando y cuánto antes. En una mañana, a finales de otoño, aparcó su coche debajo de su casa y, como una detective, esperó que llegara y pudiera hablarle. Quería abrazarla y decirle que nunca más la dejaría sola. La echaba mucho de menos y necesitaba que sus chistes la alejaran de las repetidas peleas con su pareja, pues ella era el hombro en el que apoyarse y con quien podía sacar de sí mima sus inseguridades. Sentada en el asiento trasero, estiraba sus piernas y comía su bocadillo con jamón y queso, cuando la vio llegar a su casa por la acera de enfrente. Llevaba su chándal verde y una nueva chaqueta azul que la cubría desde los hombros hasta la pantorrilla.

—¡Qué rara es esa chaqueta!  

Ir de compras era un hábito que tenían desde pequeñas y ambas conocían la ropa y los zapatos de la otra.

—¿Por qué no le había enseñado esa prenda? ¿Alguien se la había regalado sin que ella se enterara de quién?

Por unos pocos segundos se sintió eclipsada, pues se dio cuenta de que algo se le escapaba. Salió del coche, cruzó la calle y corrió hacia ella. La llamó, necesitaba ver esa mirada que escondía debajo del gorro que le había prestado a principios de septiembre. Deseaba que le dejara abierta la puerta principal y que subieran juntas las escaleras para ametrallarla con un montón de preguntas.

—Cristina, ¿qué te pasa, por qué no me contestas a los mensajes? Estaba muy preocupada por ti, ¡joder! ¿Me quieres decir algo? Tú no eres así.

No se asustó, ni se sorprendió. Le dejó la puerta abierta para que entrara con ella. Casi la estaba esperando.

—Ana, por favor, no empieces. Hoy no es día para hablar.

—¿Dónde has estado durante estas últimas semanas? —le inquirió, bajando la voz porque dos chicos estaban husmeando su conversación.

—No he estado en Italia en estos últimos tiempos. Y no te tengo que dar ninguna explicación al respecto —le espetó.

Tenía un rostro afligido y dos ojeras profundas que reflejaban su triste estado de ánimo. Nunca Ana la había visto tan confundida y desorientada.

—Yo de aquí no me muevo hasta que no me digas qué te está pasando —le gritó

—Y yo no tengo ganas de decirte nada, Ana. Vete a tu casa porque quiero estar sola —le voceó.

—Por favor, Cristina, no puedo ver esa faz, ayúdame a comprender. Te prometo que no te preguntaré más de lo que tú quieras contarme, ni siquiera comentaré lo que oiga, pero háblame, yo solo te escucharé —le señaló con los tres dedos levantados de la mano izquierda (índice, corazón y anular), como era su costumbre para hacer un trato.

Entraron en su casa y Cristina empezó a preparar la cafetera. A Ana le encantaba beber ese café con la mezcla secreta de la abuela. Mientras Cristina deambulaba por su cocina, buscando el azúcar, las tazas de café y las cucharitas de plata, el silencio llenaba la habitación. Su querida amiga estaba cerca de ella, pero muy lejos con sus pensamientos, ausente, faltaba esa típica conexión entre ellas. La miraba y la veía impotente ante su dolor, frágil y tremendamente sola, como aquella época en la que el cáncer la partió en trocitos pequeños, que solo el tiempo supo encajar con esmero, y la dejó estéril como una mula. Cuando logró salir a la calle para estar con gente y olvidarse del dolor físico, encontró a Ramón, un hombre cruel y oportunista que la engañó sin ningún remordimiento.

Lo vio durante una conferencia sobre la biodiversidad de los bosques y la hizo reír. Cristina era pura vida y Ramón la dejaba hablar durante horas y horas porque muy pocas cosas quería contar de él. Ella solía decir que la vida era muy corta para perderse lo bueno que le ofrecía, como ir a la playa juntos por la mañana, visitar museos y escuchar piezas de teatro durante los sábados por la noche. Cristina lo amaba y creía haber encontrado el amor de su vida, hasta que lo vio detrás de un cristal de un restaurante, mientras se reía con una niña y acariciaba la espalda de una chica, que aparentaba su misma edad. El sueño de vivir con él se deshizo, como una galleta en una taza de leche. Ramón ya tenía un hogar y cada tarde lo esperaban una mujer y una hija de dos años, que lo adoraban y a las que él nunca abandonaría.

Se recuperó de esa pérdida y luego se juró a sí misma que nunca amaría a nadie más en su vida. Por fin podía dedicarse a lo que más le gustaba: viajar, visitar lugares desconocidos y conocer otros mundos. Estaba feliz con lo que tenía y nunca podría estar más con lo que le faltaba.

Y ahora, ¿a qué venía ese dolor y por quién? —se preguntaba Ana, al percibir que dos lágrimas silenciosas resbalaban por sus mejillas.

La vio tan ensimismada en su sufrimiento que casi estuvo a punto de marcharse, pero de repente se agarró a su pierna y le dijo:

—No te vayas, por favor, no quiero estar sola, si no me volveré loca.

—Vale, —le contestó su amiga, — pero solo con una condición: cuéntame lo que te pasa, no puedo ver tu semblante tan afligido —mientras, ella hizo ademán de contestarle.

—¿Alguna vez has huido de la felicidad, le has tenido miedo al amor?

—Sí, por supuesto, —le soltó Ana, dejándose atropellar por una avalancha de recuerdos.

—Mi querida Cristina, el amor te hace hacer locuras de las que casi siempre te arrepientes para bien o para mal. Ya sabes cuánto me costó alejarme de Gianni y casarme con Leonardo. Nunca habría aceptado que se repitiera lo que ya me hizo con la hija de la señora Matilde  durante la fiesta de fin de curso de bachillerato. Ella era nuestra profesora y su hija era mi compañera de estudios. No pude perdonar su traición, por lo que ya sabes que me casé con su mejor amigo, Leonardo, para olvidarlo. Gianni era pasión, deseo, inestabilidad e incertidumbre, en cambio Leonardo era y sigue siendo seguridad, estabilidad y cariño, aunque hay muy poco sexo entre nosotros, lo asumo, pero esa es otra historia. Ahora quiero escuchar la tuya, sin divagaciones.

—Vale, te lo contaré. Llevo un año y medio teniendo una relación con un chico español o es lo que yo quería hace unos meses. Y antes de que me pidas algo te diré que se llama Pedro, es viudo y tiene un hijo, que no vive con él. ¿Te acuerdas de aquel viaje que hice con mi jefe a Santander para cerrar un negocio? ¿Te acuerdas de la ansiedad que tenía para comunicarme en público con esos empresarios de la ACS Group? Fue gracias a Pedro que supe conquistarlos con mis buenos modales y con las palabras más adecuadas. Pasamos horas y horas por Skype practicando el español antes de irme a España. Era divertido, muy amable y terminé queriéndolo como si yo fuera una adolescente, sin límites ni vergüenza alguna. A principios de enero, me fui a visitarlo y después de nuestro primer encuentro no me pude ya imaginar mi vida sin él.

—¿Y qué pasó, luego? –la animó Ana a que le explicara algo más.

—Quedamos en encontramos todos los fines de semana de cada mes en su ciudad, Sevilla. Fue una pasión intensa y profunda. Mi cuerpo se movía ágil y ligero encima de él y sus manos danzaban sobre mis piernas y mi espalda. Los dos muy apretados sintonizábamos armoniosos, producto del placer tan intenso que nos envolvía a ambos, hasta que paulatinamente nuestros latidos se apaciguaban abrazados el uno encima del otro. Vale, no hace falta que te lo explique todo, ¿no? — esbozó una ligera sonrisa casi sin darse cuenta, pues el recuerdo de algo tan precioso había eclipsado su dolor, pero había hecho renacer el de su amiga.

—¿Qué más, Cristina? Ve al grano, sé clara y llana en tu verbosidad.

 —Mi querida Ana, él vivía el tiempo de las grandes ciudades donde la gente no dice hola, ni gracias, ni siquiera qué tal; donde los taxistas farfullan insultos si los dejas esperar en la entrada de tu casa sin luego darles la propina que desean. Si te desmayas en la acera, nadie te hace caso y las discusiones acaloradas en el metro son el pan de cada día. Me vi sola, lejos de mi familia, me sentí una extranjera. En esa neurosis urbana era anónima, me perdía en la multitud sin poder hablar con nadie, tampoco con él. Estaba desamparada, mientras Pedro permanecía cómodo y protegido en su chalet, disfrutando de su jardín y su piscina. Me sentí como la última pieza del puzle de su vida, que ahora huía del bullicio de los vehículos y de la gente, de sus quejas y de su falta de educación. Pedro quería recuperar lo que su profesión y los años pasados, cuidando de su hijo, le habían quitado: un espacio y un lugar donde gozar de una vida más sosegada, bien solo o solo conmigo. Solía repetirme que le importaba un pimiento que el mundo se hundiera, si yo estaba a su lado. Tenía sus hábitos: levantarse a la misma hora, salir a hacer la compra, cuidar de su hijo y de su viejo padre y soñar conmigo… No necesitaba más. Nunca dejaría ese paraíso en la tierra en el que vivía si lo disfrutábamos juntos. Ya sabes, Ana, que me encanta viajar, perderme en el frenético ruido de las calles. El tiempo para mí es búsqueda, asombro y reflexión. Con él me olvidé de mis sueños, de mi tiempo, de las ciudades que aún no he visitado, de las cataratas que aún no he oído y de la nieve que aún no he tocado. En julio, después de bañarnos en la playa, le pedí un tiempo, un mes o dos, y le supliqué que no me buscara. Volví a Italia y ahora no le concedo esperanza alguna a la posibilidad de que él o yo volvamos. A lo mejor soy una inconsciente, pero lo cierto es que en mi mente no cabe esa posibilidad porque yo sé lo que tenía antes de encontrarlo y lo que me faltaría si lo aceptara. Tengo miedo a perderme otra vez, a encariñarme con él y una mañana despertarme sola. ¿Por qué el tiempo no me ayuda a borrar al amor de mi alma, Ana? Hace mucho tiempo que tienes una pareja y quizás conozcas el secreto para vivir feliz. Revélamelo, por favor. Lo necesito para seguir adelante, para volver a esa vida que tenía antes de encontrarlo y prevenir que una parte de mí se muera cada día desde aquella despedida. Ayúdame a recuperarme también esta vez —le suplicó.

Ana, la miró y volvió a mirarla. Ambas callaban.

—A lo mejor te equivocaste, Cristina, durante ese año y medio— le declaró con un nudo en la garganta.

—¿Por qué dices, eso, Ana?  No te entiendo.

—No sé si tengo la solución a tu dolor, Cristina, pero sé que la añoranza no ayuda al amor, sino que lo agranda, como hace una chispa en un bosque, que empieza con una hoja y termina destruyéndolo todo. El Amor es la única arma para engañar al tiempo. Vivir amando es el mejor antídoto para ser feliz…

Ana, su amiga, se levantó, cogió su bolso y se fue para casa. Leonardo la estaba esperando y Cristina no la necesitaba más. Al salir de su habitación, la vio buscar un número de móvil… Inmediatamente pensó que algo o alguien aún podía recuperarse.