DOS VECES 3
Ya llevaba unas horas viendo a esa chica enfrente de mí, que miraba quieta y pensativa todo lo que estaba fuera de la ventana. Sus ojos castaños eran una rareza entre mil ojos azules y piel blanca y pálida. Ella había tomado asiento en la silla central del vagón del tren número 7. Y mientras, a su lado, unos niños llorones y mocosos le tomaban el pelo por su estar en babia, yo seguía preguntándome por qué una joven tan bella, con pelo moreno y piel aceitunada, quería llegar a ese rincón del mundo. Solo una pequeña cantidad de hombres y mujeres podríamos aguantar ese clima frío y brumoso y ella tampoco tendría ese aguante. Con estas características ella era como una mancha de café en una camisa blanca.
Me hubiera gustado saber su nombre, pero no me atrevía a decirle nada, hasta que la vi bajar del tren que nos había llevado al mismo destino, callados y reservados. Su equipaje era una maleta roja y una mochila azul con sobre la que aparecía escrita una marca italiana. Ya sabía algo de ella. Por un momento me dejé llevar por los recuerdos de mis viajes a través del mundo, que en el pasado me sedujeron y luego me dejaron tirado, como una mujer cuando te abandona. Su fígura me retrotrajo a Roma imperial y a su majestuosidad, conseguida con la efectividad y el poderío de su ejército y la capacidad de sus grandes emperadores. Me hubiera gustado ser un César en ese momento para contemplarla arrodillándose en mi presencia.
Mientras la observaba, vi que rebuscaba en su bolso y sacaba al istante su móvil.
–Sí, soy yo, Cristina Zepól y no estoy en condiciones de darle una fecha clara de mi regreso a Italia. La llamaré en los próximos días para comunicarle la dirección a la que tiene que enviar mi equipaje. Gracias, hasta luego! –la joven finalizó su conversación telefónica y de su mirada perdida vi resbalarse una lágrima por la mejilla izquierda. Empezó a mirar alrededor, como para buscar el camino a seguir, y fue en aquel momento que me acerqué a ella disimulando el papel del amable aldeano que facilita la dirección a un visitante.
–¿Puedo ayudarte en algo? es que te veo un poco desorientada, ¿estás buscando a alguien en concreto? –le dije, esperando tal vez oir una respuesta desagradable o que simplemente que la dejara en paz.
–Sí, sí, estoy buscando al arquitecto Alberto Le Blanc. ¿Lo conoces?, ¿sabrías dónde puedo encontrarlo? –me replicó, para mi sorpresa muy amablemente.
Llevaba años que no veía a Alberto, la última vez que lo encontré estaba sentado en la única cafetería del pueblo y llevaba entre sus manos un billete para el sur de Argentina. Como buenos compañeros de bachillerato hablamos de política y de deporte, sin querer luchar para cambiar el mundo porque las derrotas del pasado ya nos habían aniquilado y amargado. Me comentó que llevaba meses sin tener un proyecto entre manos, y, después de la ruptura con su pareja, el mundo se le estaba cayendo encima. No podía estirar el chicle más porque sus nervios estaban viniendo encima la presión de la soledad.
–El sol y las conversaciones con mi abuela me devolverán la alegría y la despreocupación que esta parte del mundo me quitó hace años –me contestó con un vaso de vino tinto en la mano.
–No aguanto más el frío y las nubes. Tengo que calentar mi corazón y hace tiempo que no siento mariposas en el estómago. Quiero volver a querer. Tú, Carlos, tienes la suerte de tener a Raquel a tu lado y ella te hace ver la vida de color de rosa, pero desde la muerte de mi madre y la boda de mi hermana, no tengo una familia y no me gustaría despertarme cada día buscando en mi cama el olor fugaz de una mujer que se viste velozmente para volver de nuevo con su familia.
Después de estos recuerdos con Alberto, vuelvo a la realidad. ¡Cuánta vida después de esa charla! ¡Cuántos cambios en mi existencia! En aquel mismo invierno Raquel decidió mudarse a París para terminar su carrera como médica y cada noche nuestras videollamadas eran más cortas. Llevó un momento en el que ya no éramos más los protagonistas del día a día de cada uno, sino oyentes distraídos y cansados después de una jornada laboral intensa y pesada para ambos. No quería que se fuera, pero tampoco la convencí para que se quedara conmigo en la empresa de mi padre, que hacía 30 años exportaba salmón y bacalao a todas las partes del mundo. Estaba convencido de que ni la distancia ni el tiempo esfumarían la pasión y la complicidad entre nosotros, pero lamentablemente eso ocurrió. Sin hablarlo nos dimos cuenta de que la añoranza dolía mucho y era difícil aguantar. Y si ella empezó a encontrar mi olor y sabor en el cuerpo de otro, yo me quedé esperándola, hasta que una noche me confesó que hacía ya una semana que salía con un colega de departamento. Mi corazón se partió. Me habló de él mientras buscaba en su armario un vestido ligero de flores. En París la temperatura había subido mucho durante esa semana, me dijo. Ni una queja salió de mi boca, pero unas horribles arcadas me forzaron a colgar. Fue nuestra tácita despedida. No volvimos a buscarnos y, como la nieve con el sol, nuestra relación se disolvió.
–Perdón, ¿puedes decirme algo con respecto al arquitecto? ¿Lo conoces? –sus preguntas llegaron como saetas y de repente el pasado despejó el camino al presente.
–Te acompaño yo al despacho del arquitecto –le contesté, sin saber exactamente lo que encontraría al llegar delante de la puerta de mi amigo Alberto.
Fuimos andando y el ruido de las ruedas de su trolley acompañaban nuestro recorrido. Sin que yo le dijera nada empezó a relatar proyectos y deseos que quería compartir con Alberto. Yo la atendía como si fuera parte de un equipo que aún no existía, pero me veía entre ellos luchando con toda mi fuerza. Quería estar en sus planes. Si era un flechazo no lo sabía, pero tenía muy claro que por nada del mundo quería perderla.
–Disculpa, pero no sé tu nombre, ¿cómo te llamas? –le dije.
–Me llamo Cristina y esta es mi primera visita a este lugar. Pero dime, ¿aquí hace siempre este frío aquí o es algo puntual? –me preguntó.
–Jajaja, jajaja, jajaja –me eché a reír como si fuera el chiste más divertido que había oído nunca en mi vida.
–Pero, Cristina, estamos en invierno y, además, en el Polo norte. Es casi imposible que veas el sol por aquí hasta mayo y aún estamos en diciembre –le aclaré con una sonrisa para que no pensara que le estaba tomando el pelo.
–¿Hasta mayo? Y ¿cómo aguanta la gente de aquí? ¿No le entra ganas de marcharse? –me dijo de carrerilla.
Creo que estaré solo el tiempo necesario para zanjar este trabajo con el arquitecto y luego volveré a mi sol –me declaró como si no pudiera sobrevivir sin ese calorcito que conocía yo también, habitual de los países del litoral mediterráneo.
Y ¿cómo puedes resistir hasta mayo sin ver los colores de los prados o de los bosques? ¿No se te congela algo dentro? –añadió sin mirarme a la cara.
De repente, tuve la sensación de que cada célula de mi ser se me calentaba. Ese frío del que me estaba hablando iba desapareciendo y ella, como un sol, me devolvía la alegría. Llegamos a la dirección que yo conocía y nos encontramos con una tarjeta en la puerta que nos informaba de que el arquitecto Alberto Del Mirtz no volvería antes de la semana siguiente.
–¡Jolines! ¿Qué haré yo aquí una semana y a dónde iré? –dijo Cristina con una cara desconsolada.
–Pero, ¿Tú cómo te llamas?– añadió sin darse cuenta de que estaba hablando con un desconocido.
–Mi nombre es Carlos, disculpa si no te lo he dicho antes. ¡Encantado de conocerte, Cristina!
–¡Encantada, Carlos! Venga, no sigas parado ahí. Mi abuela Rosa decía que no hay mal que por bien no venga. Y tiene que ser así, porque si tengo que esperarlo será por algo, ¿no?
Me encantaba su manera de solucionar un inconveniente sin confundirse o abatirse frente a la realidad. Tenía que idear un plan sobre cómo tenerla conmigo: la acompañaría a casa de mi hermana, seguro que ella me echaría un cable. Le contaría que era una antigua amiga que conocí en uno de mis últimos viajes a Italia y que por un contratiempo en el hotel no la dejaban alojar hasta el día siguiente. Mi hermana, Violeta, me seguiría la corriente para que pudiera estar conmigo una larga tarde. Hacía tiempo que no nos veíamos. Estaba convencido de que todo iba a ser perfecto hasta que llegamos a su casa y me percaté de que mi hermana estaba en una conferencia. Tenía que inventarme algo para salir de ese lío.
–¿Qué pasa, Carlos? ¿Por qué tienes esa cara de preocupado? ¿Quién vive aquí? –empezó a decir Cristina.
–Es que…, a ver…, es la casa de mi hermana. Yo creía que estaría en casa, pero no contesta nadie, así que no sé qué hacer, a dónde ir y cómo ayudarte esta noche –balbucí manifiestamente nervioso.
Cristina casi relajada y sin temor dijo:
– ¿Es que tú no tienes una casa, un piso o un ático dónde dormir?
–Desde luego, tengo un piso no muy lejos de aquí y te aseguro que es muy acogedor y limpio –contesté.
–Entonces, manos a la obra, necesito quitarme estas botas que me están destrozando los pies, llevo dos días sin quitármelas –comentó Cristina, dejando que mis nervios se relajaran y mi plan siguiera sin muchos contratiempos.
A nuestro alrededor la blanca nieve del invierno nos acompañaba hacia un lugar colorido y caluroso que deshacía la rigidez de las articulaciones y suavizaba los pesados meses de mi soledad. Llegamos al umbral de mi casa con frío y hambre y, después de encender la chimenea, esperé unos minutos a que la leña se rindiera a la fuerza de las llamas y quisiera soltar su calor. Cristina se quitó las botas y con sus calcetines deambuló por toda la casa. Era alegre y despreocupada, como si nada le importara, como si tuviese lo que necesitaba. Cenamos carne de ternera con champiñones y bebimos la única botella de vino que hacía meses había comprado para celebrar la vuelta de Raquel, que nunca ocurrió. Hablamos de la temperatura agradable de Italia durante muchos días de inverno y de unos viajes que nos habían cambiado. Me confesó, tumbada en mi alfombra, delante de la llama ardiente y rojiza que aún le llegaba el olor de la playa del año pasado, pero no me di cuenta de que su mirada se perdía en un tiempo que no era el que estábamos compartiendo.
–¿Has oído hablar de la Basílica Patriarcal de San Francisco y sde Asís, en la región italiana de Umbría? – me preguntó, cambiando de tema.
–Lo siento– dije– esta es la primera vez que he oído hablar de esta basílica y de esta ciudad. ¿Y por qué tendría que conocerla?
–Porque esta basílica es Patrimonio de la Humanidad. Además, te puedes perder por la ciudad de Asís, por sus callejuelas, y olvidarte del mundo, sin perderte de verdad. Hace tres meses me fui a trabajar a ese lugar y si hoy estoy aquí es porque mi vida cambió totalmente allí. Cuentan que en la catedral están los restos del monje Francisco que rechazó a la creciente opulencia de la jerarquía eclesiástica y se dedicó a una vida pobre y evangélica deshaciéndo de lo que no le servía. “Il poverello”, así lo llamaban, tomó la decisión de vivir plenamente su vida sin que nadie le pudiera arrebatar su única felicidad: el contacto con la parte más profunda de sí mismo, el alma. No le importó que su padre lo hubiera reprendido severamente, tanto que lo encadenó y lo encerró en un calabozo. Se despojó de todas sus vestimentas ante los jueces, proclamando a Dios desde ese momento como su verdadero Padre. A mí me pasó lo mismo en Asís, me despojé de todo lo que no tenía sentido para darle valor a mi vida. ¿Has perdido alguna vez a alguien para recibir a cambio algo más preciado? – me preguntó.
–No sé a qué te refieres, pero puedo comprender lo que estás diciendo– disimulé sin mirarla a la cara.
Por supuesto, sabía lo que era perder a alguien, a Raquel, a mi madre y a mi padre que hacía ya tres años había sufrido un accidente que lo dejó inmóvil desde las caderas hasta los pies. ¡Cuántas noches solo en la empresa intentando recuperar un negocio que estaba cerca de una inminente quiebra! ¡A cambio solo vacío y soledad!
–Bueno, estoy que me muero de sueño –dijo Cristina trasladándome otra vez al presente.
Vale, entonces te prepararé mi cama para que descanses y duermas muy bien esta noche, yo dormiré en este sofá…
–No, Carlos, por favor, en este sofá, aquí delante de la chimenea, dormiré tan ricamente y será perfecto para tener sueños felices. Así que, no se hable más y a descansar cada uno donde le toca. Y gracias, muchas gracias por tu hospitalidad conmigo. Mañana será otro día e indagaré un poco más sobre tu amigo el arquitecto. Buenas noches, que duermas bien –y se tumbó sobre el sofá cubriendo su cuerpo con una manta que había encima del respaldo del sofá.
Me levanté y sin nada más que decir me encaminé rumbo a mi habitación. Me giré y vi sus pies descubiertos, me acerqué a ella muy despacio y le cubrí con la manta. En ese momento, me dio un abrazo que estremeció todo mi cuerpo.
–Gracias –me declaró. Tomó mi mano izquierda y muy suavemente la colocó sobre su vientre.
–Estoy embarazada– me confesó.
Fue en ese preciso momento en el que mi mundo se derrumbó. No podía ser verdad lo que acababa de oír. Cerré los ojos y los apreté hasta que empezaron a dolerme. Me pellizqué para saber si no estaba soñando, pero su rostro luminoso y alegre estaba allí sin alterarse. Quería que se fuera de mi casa, que se levantara de mi sofá, que estuviera tiritando por las calles del pueblo y que nunca la hubiera conocido. En voz alta y casi gritando le espeté:
–¿Y por qué estás aquí y no con el padre de tu hijo? ¿Por qué has querido negar a ese hombre el placer de compartir contigo este regalo que tienes en tu cuerpo?
Quería herirla por haberme engañado, por ser tan cruel conmigo, no me importaba que mis palabras la hicieran sentir culpable por algo que yo no sabía. No aceptaba lo que tenía en su cuerpo, era culpable.
–Porque él no lo quiso. Además, tiene ya una hija que no lo soportaría –me dijo.
–A veces puedo comprender a esas madres que se deshacen de sus hijos cuando acaban de darlos a luz. ¿Crees que son mujeres insensibles, despiadadas? No, Carlos, simplemente no quieren coger apego a alguien que cambiará para siempre su vida. Pablo, el padre de mi hijo, no aceptó que su realidad cambiara, él tenía todo lo que necesitaba. Además, su hija nunca le perdonaría a su padre su decisión de dejarlo todo por mí. Yo sería la ruina de su familia y qué derecho tengo yo para apoderarme de los sueños de una niña que ve en su padre un príncipe azul que con espada y escudo lo defenderá de los que quisieran partirle el corazón. Un padre es como un buen vino: lo degustas muy poco a poco hasta no poder prescindir de él, de su olor, de su ternura y de su presencia.
–¿Pero lo hablaste con él? ¿Estás segura de tu decisión? ¿No crees que hubiera sido mejor que él se enterara de tu embarazo antes de venirte aquí? –insistí.
–Estoy segura, Carlos. Además, lo habría dado todo para que Pedro, el padre de mi hijo, viera mi vientre que está empezando a dar paso a nuevas curvas en mi cuerpo, pero cuando en Italia me puse en ndonoscontacto con él, me confesó que necesitaba un tiempo y que su familia no se merecía todo eso. Quería que no nos hiciéramos más daño y que nos olvidáramos del pasado. Me dijo, también, que quería hablarme de algo que le estaba pasando en esos precisos momentos, pero le pregunté si eso significaba que todo pudiera seguir igual, comportándonos de la manera más dulce, más tierna, más amable, más normal, como dos personas que se quieren, pero añadió que eso ahora era imposible. No tuve otra opción que romper con él y no informarlo de nada.
Sufrí mucho y acepté un trabajo de diseñadora en una firma de arquitectos en Asís. Mi amiga Ana decía que me iba a morir de aburrimiento en la “ciudad del silencio”, así la llaman. No quería compartir nada con nadie más en mi vida. Me fui. Pasé días sin saber qué hacer, si abortar o no. Pedro lo tenía claro y yo, en consecuencia, tuve que tomar una decisión. Quise ser madre. Acepté un proyecto que nadie deseaba y juré delante de la estatua del monje que no era cuestión de remover el pasado, sino de seguir adelante con nuevos deseos.
–Pero ¿por qué no le comunicaste que estabas embarazada? –la interrumpí con mucha curiosidad.
–Porque no me gusta la pena, no la soporto y al estilo de cómo he actuado siempre no quiero convertirme en ninguna carga para nadie, porque yo siempre me las he apañado como he podido. No le tengo miedo a nada, absolutamente a nada –me contestó.
–¿Y cómo puedes estar tan segura de que todo pueda salir como esperas? –la desafié.
–Porque presiento que él va a cambiar y hacer mi mundo más hermoso –contestó con sus ojos llenos de lágrimas.
Se secó la cara y sacó una sonrisa de oreja a oreja. Fue entonces cuando su voz, sus ojos calmados e infinitos me hicieron perder el miedo a compartirla con una nueva vida. No quería que se fuera. Prefería amarla desde lejos que perderla, saber que estaba conmigo era ya suficiente. Su presencia ya llenaba mi alma de emociones infinitas. El futuro era para vivir juntos. Eso era, por lo menos, lo que yo esperaba.

