Massimo Maria Carpinteri, olio su tela cm. 30X60 (2025)
UNA BODA-¡CUÍDATE!
SINOPSIS:
Este cuento presenta una reflexión profunda sobre la vida, el tiempo y las interacciones humanas, entrelazando las historias de diversos personajes de una manera que subraya la conexión entre el nacimiento, la muerte y el amor. A través de la muerte de Fedra y el matrimonio de Saverio y Bruno, se destaca cómo los momentos de cambio, aunque dolorosos, también abren nuevas posibilidades para la vida y la memoria. La narración resalta la importancia de aceptar tanto la tristeza como la alegría como partes integrales de la existencia. La historia también pone en evidencia el impacto de las pequeñas acciones y gestos en la vida de los demás, demostrando que cada acto, por insignificante que parezca, tiene un significado profundo en el ciclo de las relaciones humanas.
UNA BODA-¡CUÍDATE!
El mundo está hecho de historias y el único narrador es el tiempo. En el largo viaje de momentos y pestañeos, los caminos trazados por los humanos cambian y el dolor se alterna con la alegría. Una vida se entrelaza con muchas otras sin tener conciencia de lo cortas o largas que son las coordenadas espacio-temporales diseñadas por el destino o el azar. Así comienza y termina todo.
Cecilia estaba a punto de llegar. Se escuchaban los gritos de la madre en el segundo piso, pero no importaba, ahora solo faltaba acoger a ese pequeño ser que luchaba por ocupar un espacio en el mundo sin preocuparse en absoluto por el dolor que pudiera causarle a su madre. La mejor manera de ser escuchado era elevar el tono de su llanto. Así que la indefensa Cecilia, entre un grito y otro de las dos, se coló en los brazos de su joven madre que ya tenía una maleta llena de ropa y juguetes a pocos metros de la cama. Así es como comenzó la historia de esta niña.
En estos mismos momentos y en otros aposentos, toda la familia estaba pendiente de la habitación que pronto abandonaría la frágil Fedra. Ahora sólo le quedaban unas pocas semanas. Desde hace varios meses permanecía inmóvil en una cama, no distinguía el día de la noche y ya no gozaba de dulces sueños, sino sólo de pesadillas y llagas en su cuerpo. En su despedida, el mundo que le pertenecía desaparecería. Sus hijos, mientras esperaban, pensaban qué llevarse de aquella casa. George quiere el anillo de bodas con el nombre de papá también grabado; Walter, la pulsera que mamá aún conservaba en su muñeca; Mary, la amatista que Fedra siempre había guardado en la cristalería del armario del salón comedor. Se engañaban a sí mismos pensando que podrían sustituir su carencia con una baratija banal. El viaje de Fedra estaba a punto de terminar.
En el séptimo piso de un bloque de apartamentos, Saverio y Bruno esperaban ansiosos el momento de su boda. El cura los esperaba en la pequeña iglesia del barrio para unirlos en matrimonio. Saverio vive allí desde hace dos años y después de tres mudanzas ha decidido que sólo una buena causa le puede empujar a abandonar ese apartamento. Se conocían desde hacía más de cinco años y, después de un largo tiempo de reflexión, entendieron que querían compartir ya toda su vida juntos. Estaban cansados de mover maletas de un apartamento a otro para disfrutar momentos de alegría e intimidad, que muchos a su alrededor intentaban obstaculizar. Entre tantos, estaba la señora Sandra, la portera del edificio, que, cada vez que los veía cogidos de la mano, solía apretar los dientes y murmurar con disgusto la locura que significaba tenerlos que soportar allí toda la vida juntos.
Saverio conoció a la madre de Cecilia, Clea, el verano pasado cuando se quedó embarazada de su amigo de toda la vida, Gaspare, que sería el padrino de su boda. Al principio, los dos se habían observado desde lejos atentamente, como hacen dos gatos antes de acercarse y, tras bajar la mirada, habían acortado la distancia. Aquella chica de largo cabello castaño y ojos verdes había logrado conquistar al indomable Gaspare. Nadie se podía explicar cómo había sido capaz de mantener a raya a aquel botarate, ni siquiera el propio Saverio había logrado hacerlo después de tantos años de amistad. Para Bruno, nada había ahora más molesto que admitir en su vida a alguien que acababa de llegar por el mismo camino recorrido con Saverio, compuesto de años de intimidades y debilidades declaradas. Sin embargo, ya no quiso hacer preguntas después de explicación que este le dio y estaba listo para darle la bienvenida a ese perfecto desconocido.
Fedra conocía a Bruno porque lo había encontrado afuera de su casa hacía ya unos años cuando regresaba de realizar las compras por la tarde. Prefería salir inmediatamente después de comer para ver menos gente alrededor y comprar con tranquilidad el pan, la pasta, la carne y la fruta que nunca debían faltar en su nevera. Después de llegar al vestíbulo con bolsas repletas, se sorprendió al ver, conectado al intercomunicador, a un chico alto y guapo que lloraba, rogando a una voz que le permitiera explicarse. Fedra se ablandó y le pidió ayuda. No prestó atención a las muchas noticias que había escuchado en la radio sobre estafas dirigidas a las personas mayores. Actuó instintivamente porque la vida le había enseñado que la intuición no la traicionaba.
Conocía los diferentes tipos de llanto y en este caso los sollozos dramáticos y de abandono eran imparables. Si no eran atendidos debidamente, podían convertirse en auténtica desesperación. ¡Tenía que hacer algo!
—Joven, ¿puedes ayudarme a subir estas bolsas, por favor? Vivo en el séptimo piso y el ascensor está averiado. Estamos esperando que llegue el técnico.
— No hay problema, con mucho gusto. Será un placer para mí.
¡Era justo el plan que ambicionaba Saverio! Así podría hablar con él desde detrás de la puerta y explicarle cómo habían sucedido realmente las cosas en aquel local lleno de gente. Se secó los ojos con la manga de su chaqueta y miró a aquella amable señora.
Al escuchar la voz de Bruno detrás de su puerta, Saverio comprendió que aún se podía recuperar algo. A veces basta con acortar las distancias físicas para encontrar una solución. Una mirada y un olor conocidos derrumban muros invisibles de resentimiento y orgullo. Así, mientras Saverio abría lentamente la puerta, Fedra esperaba con sus maletas para disfrutar de aquel encuentro.
—Pensaréis que estas tres historias no tienen nada en común, pero os equivocáis porque, como portera de este edificio, yo vi a la pequeña Cecilia en el segundo piso en brazos de los recién casados del séptimo y todos juntos dándole el último adiós a nuestra amiga Fedra, que ya nada nos podrá contar. Cuando la tristeza nos embarga no hay que engañarla con otra cosa, sino aceptarla como parte de un tiempo que debemos vivir. ¿Cómo evitar el sufrimiento? No hay manera. Él también tiene su importancia, en un mundo de historias que tienen un principio y un final. Y cuando llega una boda puedes seguir contándolas. CARE!

