DIEZ SEGUNDOS

DIEZ SEGUNDOS

SINOPSIS:

“Diez segundos” es un relato breve, intenso y profundamente conmovedor que denuncia la banalización de la violencia sexual y la injusticia institucional que la acompaña. La autora utiliza con gran eficacia el contraste entre la aparente brevedad del tiempo y la eternidad del trauma para cuestionar la falta de empatía en ciertos juicios. El texto combina una voz íntima y desgarradora con imágenes poderosas que mantienen la tensión emocional de principio a fin. Además, logra transformar una experiencia de horror en una reflexión sobre la resiliencia y el valor del instante. Es un cuento que deja una huella profunda y obliga al lector a no mirar hacia otro lado.

DIEZ SEGUNDOS

Cuando crees que nada puede pasar, sucede.

¿Qué son diez segundos sino una respiración profunda o un prolongado saludo matutino antes de salir corriendo al trabajo? Sin embargo, ¿alguna vez has tratado de resistir bajo los escombros de un edificio que se derrumba debido a un terremoto o frente a una bestia enojada que no ha comido en tres días durante solo diez segundos? ¿Aún cree que es aceptable que los jueces determinen que manosear a un estudiante no constituye un delito de violencia sexual porque duró menos de diez segundos?

Mi nombre es Sara y estuve diez segundos frente a las fauces de un oso, bajo el techo de mi edificio derrumbado y dentro de un autobús súper lleno de gente, donde el pasajero de en frente metió sus manos dentro de mis bragas y me susurró que no gritara, porque de lo contrario me apuñalaría.

En las tres situaciones, siempre sentí las mismas sensaciones: sudores fríos, escalofríos por la columna y miedo a perder todo lo que tenía. Mi mente borró el pasado y se centró en lo que quería hacer: bucear en la costa sin chaleco salvavidas, tener el número de teléfono del chico que me gusta o recibir un abrazo de mi padre después de una furiosa discusión.

Fueron sólo diez segundos y me di cuenta de que podría haber recuperado algo en cada uno de ellos. En un segundo, una caricia; en dos, un apretón de manos; en tres, un beso; en cuatro, un bocado de un suculento sándwich de mota y champiñones; en cinco, un sorbo con respectivo eructo de una bebida carbonatada; en seis, el estribillo de la canción favorita; en siete, los tres primeros pasos de un niño; en ocho, la última escena de una película; en nueve, una carcajada; finalmente, en diez, un breve descanso tras una larga carrera.

Redescubrí la fuerza en mis brazos para mover piedras y trozos de madera cuando quedé atrapado bajo las ruinas, mientras los bomberos intentaban sacar a ocho personas debido al tremendo seísmo.

Hace dos años fuimos junto con mi vecina Luana a una excursión a los Montes Sibilinos y allí nos atacó un oso. Tuve la suerte de encontrar una gran piedra y logré ahuyentar esos largos y afilados caninos que nos habrían cortado el cuello.

Este otoño fue diferente. No me alejé unos centímetros de un violador porque me aterrorizaron sus palabras:

—Si gritas o te mueves, te mato.

Esperé que unas manos desconocidas buscaran dentro de mi ropa interior, mientras mi cuerpo estaba paralizado. Ojalá hubiera podido correr como Marcell Jacobs, que corrió 100 metros en menos de 10 segundos en Finlandia en junio de este mismo año.

Serán unos momentos que nuestro héroe recordará toda su vida, pero yo, en cambio, hace casi un año que no logro sacármelos de la cabeza. Malditos diez segundos que me cambiaron para siempre, aunque algunos jueces siguen pensando que los 42.190 segundos restantes los pueden compensar.