¡VIVO!

¡VIVO!

SINOPSIS:

El cuento ¡Vivo! reflexiona sobre la vida, el paso del tiempo y la importancia de valorar lo cotidiano. A través de la conversación entre Franco, un abuelo de 90 años, y su nieta Norma, el relato ofrece una visión profunda de cómo las generaciones experimentan de manera diferente el concepto de tiempo. Franco, con su experiencia de vida, entiende que lo extraordinario reside en aceptar la vida tal como es, con sus momentos repetitivos y simples. Por otro lado, Norma, atrapada en una rutina que considera aburrida, comienza a comprender que los días no tienen que ser espectaculares para ser significativos. La sabiduría del abuelo invita a reflexionar sobre la importancia de disfrutar cada instante, incluso cuando parece insignificante. La historia tiene un mensaje poderoso sobre la resiliencia, el amor y el aprendizaje intergeneracional.

¡VIVO!

Franco tenía noventa años. Vivía solo en su casa y su hija pensó que estaría mejor atendido con ella en la suya.  Así que, desde hacía un año, pasaba muchas horas distraído frente al televisor. Sus tardes eran todas iguales, pero siempre estaba de buen humor y con la sonrisa en los labios.

—Abuelo, cuéntame la historia de tu larga vida.

—Te prometo hacerlo, Norma, a condición de que me digas por qué siempre te quedas en casa y no te apatece salir.

Siempre había sido muy cariñoso y tierno con su nieta. Nunca se había enfadado con ella. Y esta vez no iba a ser diferente.

Fue un cambio de planes muy interesante. El abuelo y la nieta a menudo se quedaban en casa, mientras toda la familia estaba en el trabajo.

Todos en la casa realizaban en diferentes espacios distintas acciones, a las que era difícil acostumbrarse. Las primeras semanas Franco no encontraba sus cosas entre muchas otras y a Norma le pasaba exactamente lo mismo. El tiempo era sólo suyo y podían alargarlo o acortarlo según sus necesidades.

 —Tesoro, mi historia es trivial comparada con tu vida llena de tecnología y deseos fáciles de cumplir.

—No creo que sea exactamente así, abuelo, pero tú empieza a hablar y luego, si me aburro, te detengo, ¿vale?

—Como prefieras —le respondío su abuelo mientras acercaba la silla al sofá, donde reposaba su nieta.

»Todo empezó en un pequeño dormitorio, hace casi un siglo, en lo alto de un desván, donde mis padres encontraron un poco de intimidad entre manos que amasaban y pies que corrían apenas tres metros por debajo de ellos. Les habían dado el único espacio libre en una casa llena de gente y animales. Nadie hubiera apostado por aquella pareja cuando sus respectivas familias acordaron la fecha y el lugar para celebrar el rito cristiano, pero la intimidad con las luces apagadas y los suspiros ahogados los hizo inseparables. Fui el  primero en llegar, inesperado, pero muy querido, después de exactamente nueve meses.

»Tengo pocos recuerdos de mi madre, pero todavía me cuesta olvidar su rostro de dolor cuando yo tenía 18 años y el gobierno nos obligó a abandonar la casa y alistarnos en el ejército.

»Nosotros, muchachos jóvenes y fuertes, teníamos que defender el país a costa de nuestras vidas, entrenando todos los días bajo el sol y la lluvia. Teníamos que estar preparados porque en cualquier momento podía surgir una emergencia.

»Nada más terminar el servicio militar, conocí a tu abuela en la fábrica de tejidos del tío Lorenzo, quien me permitió ganar unas cuantas liras. Después de la Primera Guerra Mundial, el gasto público se había desplomado y las industrias del Norte se vieron obligadas a sufrir una reconversión productiva, es decir, el paso de una economía de guerra a una economía de paz y por ello el tío Lorenzo cambió los colores de los uniformes militares en blusas y pantalones cortos coloridos.

»La vi una mañana sombría, mientras fumaba en el patio. Siempre llegaba en bicicleta al sonido de la sirena y durante la pausa del almuerzo se quedaba a leer un folleto bajo ese gran roble que todavía se encuentra en Vicolo Garibaldi cuando tú vas a clase de inglés. Ni siquiera la Segunda Guerra Mundial y la incesante construcción de edificios a su alrededor derribaron a este árbol centenario tan arraigado, que poco a poco se va apagando como una vela.

»Al casarme con tu abuela Nina, me engañé, pensando que el matrimonio consistía simplemente en preparar una linda fiesta, traer hijos al mundo y criarlos con esfuerzo y sacrificio. Nadie nos dijo que pronto llegarían la pérdida de tu tío Lorenzo en un accidente automovilístico, la terrible depresión de tu abuela y un incendio en la fábrica, que nos obligaría a abandonar nuestra ciudad y a empezar de nuevo.

»Tu abuela murió antes de que tú nacieras y lamento que no hayas podido escuchar su voz conciliadora y alegre. Más de 50 años después de su fallecimiento, todavía siento la fatiga que experimenté, cuando la llevaba en mis brazos al hospital, y mis lágrimas desesperadas por su pérdida. Estuvimos juntos 20 años, pero, casi sin darnos cuenta, un día sin sol el buen Dios decidió llevársela. Lo hizo sin ninguna explicación, tal como me la había presentado. Y a partir de entonces, me quedé solo con tu madre adolescente y rebelde para criarla y educarla.

»Guardé algunas cosas cuando regresé de la ceremonia funeraria: una pulsera, que ella siempre llevaba consigo con su nombre grabado, y una pequeña púa verde que le había regalado cuando aprendí a tocar la guitarra. ¿Qué más puedo añadir, aparte de una vida hecha de esfuerzos y sacrificios, sin ganas de volver atrás? Mi existencia la vivía en función de los demás y el tiempo era sólo una forma de organizar una serie de compromisos que debía cumplir.

—Pero, abuelo, ¿nunca has vivido días especiales y emocionantes en los que perdiste el control?

 —No sé qué quieres decir con días sin control. Creo que la excepcionalidad no es hacer especial cada día, sino aceptarlo porque es igual al anterior. Los días excepcionales fueron pocos comparados con todos los que llamáis «normales».

»Cada mañana me doy cuenta de que estoy “VIVO” cuando otros se han ido ya.  ¡Si supieras lo embriagador que es resistir en un mundo que esparce muerte en las calles, mares y plazas mientras saboreo cada segundo!

»El verdadero secreto de la vida es amarla precisamente porque la puedes perder en cualquier momento y por eso te aconsejo vivirla y no tirarla a la basura.

—Pero, abuelo, sólo tengo 15 años y nunca he vivido días extraordinarios. Todos los días son iguales. En la escuela, siempre las mismas cosas, entre nosotros, los niños, usamos mucho el celular y cada vez que alguien quiere jugar a algún juego en grupo nos da vergüenza. Me aburro mucho.

—Norma, no eres diferente de quienes te precedieron, pero podrías ser distinta de quienes te seguirán si empiezas a creer que un día es excepcional solo porque nadie interrumpe tu curso natural de crecimiento. Aceptar cada momento de la vida con su dolor y miedo significa estar en un tiempo que por muy aburrido que sea nadie nos podrá arrebatar. ¿Te das cuenta de que en la larga lista de fechas se nos asigna nuestro propio tiempo? Tú también podrás escribir en esa línea imaginaria del tiempo una fecha de inicio si empiezas a vivir.

Norma se levantó del sofá y no dijo nada, pero prometió que lo pensaría. Regresó a su habitación y con un rotulador en la mano escribió una fecha y la palabra “VIVA” en la pared de su habitación. Bajó las escaleras y antes de cerrar la puerta dijo:

—Abuelo, voy a salir, luego te cuento.