LA OLA

Massimo Maria Carpinteri, 2025, cm 30×60, óleo sobre lienzo

LA OLA

SINOPSIS:

«La Ola» es un relato que, a través de la descripción de un día aparentemente normal junto al río, plantea una reflexión sobre los límites de la diversión y el peligro. La narración se construye con una atmósfera ligera y cotidiana, donde las interacciones entre los personajes son cercanas y naturales. Sin embargo, la presencia sutil de la señal de advertencia, ignorada por los protagonistas, anticipa la transformación del juego en una situación inesperada. El cuento explora cómo, a veces, las circunstancias cambian sin previo aviso y lo que parecía una experiencia divertida se convierte en una lección de responsabilidad y consecuencias.

LA OLA

¿Cuántas veces nos escondemos detrás de una pared jugando al escondite, esperando ese momento de correr hacia “la casa” para salvarnos? Y cuando lo logramos, hablamos de una experiencia increíble. Pero ¿qué ocurre cuando el juego se vuelve peligroso y ya no hay vuelta atrás? 

Violeta, Gisella y Tony habían decidido pasar el día al aire libre, junto al río Verde —así lo llamaba Violeta—, aunque después de tres años en Italia todavía le costaba pronunciar el nombre correcto. Gisella había traído kulaç, pan albanés con mantequilla y queso blanco. Tony se encargó de las bebidas. Siempre llevaban una bolsa para no dejar basura, una costumbre que defendían con orgullo. 

Esa mañana estaba ligeramente nublada, pero como tantas veces, el sol acabó abriéndose paso. Violeta llevaba el bañador, aunque aún dudaba si atreverse a mostrar sus piernas sin depilar. Se habían citado en el bar debajo del gimnasio a las 10, pero Tony, como de costumbre, llegó tarde. No se levantó hasta las 9:30 y su teléfono estuvo apagado hasta último momento. 

Violeta vestía una camiseta blanca y una chaqueta negra. Gisella, en cambio, no renunció a su lápiz labial rojo —según ella, le hidrataba los labios y la hacía más bella—, lo que provocaba las burlas de sus amigas. Llevaba un chándal gris y había descargado una playlist de Mahmood en su nuevo iPhone porque, dijo, quería bailar en el agua. 

Salieron pasadas las 11. La mañana en el río, sin que lo supieran, cambiaría muchas cosas. Al volver, Violeta reservaría por fin ese vuelo que llevaba meses postergando tras conocer a Héctor. Gisella retomaría su curso de francés —más por llevar la contraria a su madre que por amor al idioma— y Tony abriría, al fin, ese bar del centro con su hermano. 

—Hoy nos merecemos un premio por aguantar a todos esos idiotas —dijo Violeta, sonriendo—. En dos semanas estaré abrazando a mi abuela Arina, después de tantos años. 

—Hoy no pienses en nada —le cortó Gisella—. Vamos a disfrutar de este mediodía. Esta noche también tengo cena familiar. 

—Eso, jodámoslo todo hoy —añadió Tony, lanzándose su chaqueta al hombro. 

Después de aparcar cerca de la carretera, caminaron hacia el río. Apenas notaron una señal de advertencia en rojo: “PELIGRO DE INUNDACIONES REPENTINAS”. Las letras mayúsculas y el triángulo negro y rojo parecían disonantes entre tanto verde. Ninguno se detuvo a leer. 

El cauce del río parecía seco. Donde esperaban ver agua, sólo encontraron piedras grandes y blancas, secas como si el río nunca hubiera pasado por allí. A pocos metros, sin embargo, el agua seguía fluyendo tranquila e indiferente. 

—¿Estamos en medio de un río, como Moisés en el Mar Rojo? —bromeó Tony—. Me siento un elegido. 

—El tonto de siempre —rió Gisella—. Cuidado, que vienen los egipcios a darte una paliza. 

—¿Puedes ayudarme a buscar dónde sentarme sin clavarme estas piedras? —se quejó Violeta, sin prestar atención al murmullo creciente del agua. 

El tiempo, cuando se está bien acompañado, parece pasar sin aviso. Pero la naturaleza, sin horarios ni notificaciones, actúa cuando le toca. En menos de media hora, el agua ya les cubría los pies. 

Y entonces el juego dejó de serlo. 

Avanzar era imposible, y retroceder, incierto. El río, que parecía dormido, ahora rugía. El fondo había cambiado, los guijarros ya no se veían. Quedaron atrapados, inmóviles, paralizados por el miedo. Pero aún tenían el móvil. 

Violeta llamó a emergencias, explicando su ubicación. Gisella lloraba, deseando volver a casa. Tony, tiritando, resistía el frío del agua que ya les llegaba a la cintura. 

El río seguía subiendo. La ayuda aún no llegaba. 

Se abrazaron, formando un triángulo perfecto. Luego isósceles. Luego escaleno. El agua ya decidía por ellos. 

Desde un puente cercano, los rescatistas gritaban, lanzaban cuerdas. Les pedían que se sujetaran, que resistieran. Pero la corriente era demasiado fuerte. Gisella fue la primera en soltarse. Flotó como una hoja recién caída, sin peso ni rumbo. Violeta creyó sentir la mano de Tony en la suya justo antes de que la arrastrara una roca. Tony, por su parte, fue llevado por la orilla, mientras el agua deshacía los últimos restos de sus risas y sueños de juventud. 

Nadie volvería a ver a esos tres amigos. Pero ojalá Violeta sintiera, al final, las caricias de su abuela. Que Gisella soñara con ese viaje al extranjero que tanto deseaba. Y que Tony, en su última imagen mental, se viera sirviendo cócteles junto a su hermano, brindando por un futuro que ya no sería. 

Quizás, en el fondo, todavía resonaban en su mente esas palabras fraternales que decían cada vez que caía una propina en la barra: 

—¡Una más y nos vamos de vacaciones!