Massimo Maria Carpinteri, 2023-24, óleo sobre lienzo
VOLERE VOLARE: QUERIENDO VOLAR
SINOPSIS:
Es un cuento tierno y profundo que entrelaza la maternidad, la resiliencia y el paso del tiempo con una delicadeza poética admirable. La narración alterna con fluidez entre el presente y el pasado, revelando capas emocionales que enriquecen a los personajes. Destaca la imagen simbólica de la bufanda como hilo de amor y conexión entre madre e hijo. Es una historia íntima, emotiva y visualmente poderosa.
VOLERE VOLARE: QUERIENDO VOLAR
¿Sabes lo que es esperar? Son dos manos que caminan de puntillas sobre una pista de números, repitiendo incansablemente los mismos pasos. Confundidas, inexpertas, agitadas y, a menudo, perdidas: así son las futuras madres. Mujeres que han conocido la lucha, las dificultades y, rara vez, la alegría despreocupada de traer hijos al mundo.
Sandrina es la madre de Giuliano. Con mirada atenta y actitud amable, acompaña los vaivenes del tiempo en los que se mece su hijo. Pronto, ese niño tímido y soñador dejará atrás los juegos y vencerá sus miedos, llenando de color sus lienzos.
Giuliano mira a su madre y la encuentra aún hermosa, a pesar del cabello blanco y las gafas gruesas que cargan con el peso de los recuerdos. Ella está sentada en un banco del parque, inmersa en la tranquilidad de su tejido. Su rostro irradia paciencia y dulzura, redescubriendo un momento de paz en su vida atribulada. Con cada ráfaga de viento que empuja a Giuliano hacia el cielo, Sandrina recupera una armonía y un bienestar perdidos hace mucho tiempo.
—¡Guau! ¡Socorro! ¡Guau! ¡Socorro!
Son las palabras que le llegan entre la alegría de la subida y el vértigo del descenso de su hijo.
El parque cobra vida. Las copas de los árboles se mecen suavemente con la brisa, y el canto de los pájaros añade una alegre melodía al ambiente. Abajo, Crystel, la gata callejera que Giuliano encontró una tarde mientras volvía de la escuela, espera pacientemente a que su amo baje. Tal vez también le gustaría dar un paseo en ese asiento.
—¡Vamos! ¡Me caigo! ¡Vamos! ¡Me caigo!
Desde su banco, Sandrina escucha a Giuliano y añade una nueva hebra a su larga bufanda, tejida con ovillos de lana de colores. ¡Cuánta paciencia! Giuliano nació en verano, lejos de los gritos de su abuelo, quien, enfurecido, echó a su hija embarazada por amar a un hombre casado.
—¡Fuera! ¡No quiero verte más! —le gritó sin piedad, mientras ella, encerrada en el baño y temblando, solo suplicaba paz para ese ser que ya luchaba por una vida que cambiaría la suya para siempre.
Se mudó a una habitación alquilada durante siete meses, y cuando, al anochecer de un sábado, justo después de su hora habitual en la biblioteca, sintió como si una serpiente se retorciera en sus entrañas, corrió entre dolor y confusión al hospital. Aún recuerda haber despertado con el vientre plano y los pechos turgentes, rebosantes de preciosas gemas blancas.
»¡Arriba, abajo, arriba, abajo! No hay tregua en el columpio de Giuliano.»
Volvió a ver a Lino, el padre de Giuliano, solo un año después, cuando ya era tarde para cualquier reconciliación. El tiempo tiene el poder de borrar recuerdos y, mientras tanto, construir nuevos sueños. Sandrina retomó sus libros de matemáticas en cuanto Giuliano empezó a dar sus primeros pasos. En un monoambiente con un bebé al que acunar, pasó muchas tardes buscando soluciones a las ecuaciones de la vida.
—¡Arriba, arriba! ¡Abajo, abajo! ¡Arriba, arriba! ¡Abajo, abajo! —Giuliano no se rinde.
Hoy, Sandrina está allí, disfrutando de un tiempo que se despliega lentamente, puntada a puntada. Porque todo puede dar miedo si ocurre de repente. Y si la distancia también asusta, no importa. La voluntad de Sandrina de volar le asegura que siempre alcanzará a su hijo a través de esas rayas de colores que teje incansablemente.
—¡Mamá! ¡Aquí estoy! ¡Mamá! ¡Aquí estoy! ¡Sígueme… tira de la bufanda!

