Massimo Maria Carpinteri, 2023-24, cm. 30×30, óleo sobre lienzo
EL HOMBRE QUE NO SABÍA VOLAR
SINOPSIS:
«El hombre que no sabía volar» es un cuento conmovedor que explora la perseverancia y el valor de perseguir los propios sueños, incluso cuando todo parece en contra. A través de la figura de Alcide, el autor retrata la lucha interna entre el deseo de volar y las inseguridades que lo rodean, un símbolo de la lucha por la libertad personal y la superación de las expectativas ajenas. La historia está llena de metáforas poéticas, como las alas de papel y el vuelo como un acto de valentía, que dan al relato una carga emocional profunda. La conclusión, con Alcide finalmente volando gracias a una ráfaga de viento, ofrece una sensación de triunfo y esperanza, invitando al lector a atreverse a seguir sus propios sueños.
EL HOMBRE QUE NO SABÍA VOLAR
Desde su silla, Alcide está a punto de emprender el vuelo. Lleva puestas unas alas de papel, ligeras pero tenaces, que ha construido con paciencia en tardes de silencio. Con ellas espera llegar hasta esas casas que tanto le gusta observar, allá a lo lejos. Aún no ha decidido cuándo, pero se siente listo. Ha esperado demasiado tiempo ya.
—Veamos cómo hacerlo… —murmura, una vez más, sin cansarse.
—Si salgo el 4 de enero, podría llegar unos días después a esa casa de enfrente, la que tiene dos balcones grises. Por las noches encienden una vela durante un rato, como si quisieran iluminar la fachada. O tal vez mejor el 24 de febrero, para llegar por la tarde a ese tejado de colores, descansar un poco… y seguir volando después.
Se queda dormido entre fechas y planes. Cuando abre los ojos, ya es marzo. El frío y la nieve no ayudan a decidir. Aún hay que esperar los días soleados de primavera, cuando los campos, como uñas recién pintadas, recuperen sus colores y su elegancia. Frente a él, sólo antenas largas y delgadas asoman entre los tejados, como espaguetis olvidados. No, Alcide aún no está listo. Decide intentarlo mañana.
Llega junio. Con sus chanclas blancas y los pantalones marrones, cada vez más cortos, vuelve a intentarlo. Estira los brazos. Un nuevo intento.
—¿No será tan difícil, ¿verdad? Las golondrinas lo aprendieron solas. Una mañana saltaron del nido y, sin estrellarse contra el suelo, aparecieron en el cielo. Yo quiero estar allí con ellas, carajo. No con mis hermanos mayores. Allí arriba, entre nubes y aire fresco, no volveré a oír sus voces:
“Con esas manos torpes nunca aprenderás un oficio.” Más te vale abandonar esos sueños ridículos.”
Tal vez tengan razón. Volveré a intentarlo otro día. También hoy, Alcide renuncia a volar. Para construir sus alas ha recogido cañas que el viento arrastra por todas partes. Eligió cada pieza con cuidado, las unió con recortes de tela que su abuela guarda en el cesto de los retazos. Usó dos tirantes anchos para sujetar dos abanicos sobre un armazón de periódicos que no estará seco antes de julio. Aunque él prefiere esperar al otoño.
Y el otoño llega. Octubre llama a la puerta, y Alcide, esta vez, está preparado. Hoy no hay excusas. Hoy, el deseo de volar pesa más que el miedo a caer. Escapa del murmullo, de los gruñidos de sus hermanos, de las risitas burlonas. Hoy, nada ni nadie podrá detenerlo. Ha intentado explicarles que él también merece un lugar en este mundo. Que sin sueños, los colores no existirían. Con su ropa gastada y, sobre los hombros, dos enormes patas de pato, que él llama “la máquina de la libertad”, sube una vez más a su silla. Está listo. Estira los brazos, saluda sin lágrimas. No serán la nostalgia, los almuerzos calientes de mamá, ni las amenazas de sus hermanos quienes lo detengan.
Se detiene un segundo. Mira hacia atrás. Todos están seguros de que se rendirá otra vez.
Un pie casi toca el suelo. Casi. Pero justo cuando parece que todo ha terminado,
cuando todos creen que ha vuelto a fracasar, el destino entra en escena.
Una ráfaga de viento fuerte, repentina sacude la silla, despeina a Alcide, agita sus alas. Y entonces, las alas empiezan a moverse. A batirse.
1… 2… 3
1… 2… 3
1… 2… 3
Alcide está volando. Delante de los ojos incrédulos de quienes juraban que nunca lo lograría. Delante de las miradas de quienes pensaban: “Ese chico jamás lo conseguirá.”
Y si su sueño empezó con un salto, entonces inténtenlo ustedes también. Salten desde sus sillas. Persigan sus propios sueños. Igual que hizo Alcide.

