Massimo Maria Carpinteri, 2023-24, cm. 30×30, óleo sobre lienzo
EL MUNDO DESDE LA VENTANA DE ALICIA
SINOPSIS:
“El mundo desde la ventana de Alicia” es un relato poético y reflexivo que invita a contemplar la vida cotidiana desde la distancia del sueño y la imaginación. A través de la mirada inocente y soñadora de Alicia, el cuento transforma a los transeúntes comunes en personajes llenos de pasado, deseo y nostalgia. La narración combina una prosa delicada con un tono melancólico que resalta la pérdida de los sueños frente al paso del tiempo. Cada personaje refleja una vida interrumpida por la rutina, pero recuperada por la fantasía de la observadora. En conjunto, el texto ofrece una emotiva reflexión sobre la capacidad humana de soñar incluso cuando la realidad parece haberse detenido.
EL MUNDO DESDE LA VENTANA DE ALICIA
Es cuando regresas, con el deseo latente de partir de nuevo, que el viaje te ha permitido soñar. Todos somos pequeños soñadores en un mundo que solo llegamos a conocer de verdad cuando nos distanciamos de él.
Desde su ventana, Alicia observa piernas que corren veloces por las calles, atravesando el mundo sin detenerse. Tantas realidades se entrecruzan tras faldas ajustadas y pantalones cortos, pero nunca se encuentran. Dos mitades distintas que llegan al mismo destino, como dos vías de tren paralelas.
Sentada en su habitación, Alicia solo quiere soñar hoy. Cruzando la frontera personal que la separa de su mundo, se adentra en aquellas vidas rígidas y severas que tanto tienen que contar desde fuera.
La primera en llamar su atención es una elegante dama rodeada por cuatro hombres. Alicia decide llamarla Perla, por el grueso collar que lleva al cuello.
Casi puede escucharla conversar con la persona que tiene delante.
—No insistas, Scott. He decidido no volver nunca más.
—No pares, por favor, Perla. Naciste para bailar. Tus piernas adornaron los escenarios más prestigiosos del mundo.
—Ya no puedo divertirme, ¿lo entiendes?
—No. No puedo. ¿Cómo olvidar tu larga melena negra, siempre recogida en un moño colorido, mientras tus elegantes zapatos de punta reforzada rozaban el escenario? Solo verte bailar me hacía volar.
Ahora, con el pelo corto y canoso, casi no la reconoce. Aunque se conocen desde hace años, ahora son completos desconocidos. Se evitan, como abejas que pican. Ella, con sus grandes pechos y hombros anchos, trabaja en una mueblería; él, oculto tras una chaqueta con botones dorados y un pañuelo al cuello, pasa los días encerrado en una pequeña oficina municipal, enterrado en papeleo.
Scott también ha dejado de soñar. Ya no se sube a la patineta que lo llevaba por el barrio, arriba y abajo, sintiéndose como si volara. Ahora apenas puede seguir el ritmo de su jefe. Le encantaría devolverle un poco de color a la vida de Perla, y cambiar la suya también, pero el sueño se ha desvanecido y cada uno sigue su propio paso.
Hoy hace viento, y el sol parece haberse olvidado de despertar.
Detrás de Scott, Alicia ve al señor Vincent, como a ella le gusta llamarlo, igual que su hermano. Corre hacia la parada del autobús, luchando contra el viento que casi le vuela el sombrero. Si pudiera, le quitaría las gafas de sol y lo llevaría a la playa. Lo dejaría jugar con un cubo y una pala, como a un niño, y con pantalones cortos de rayas naranjas, rojas y azules, lo vería construir castillos de arena. ¡Qué alegría sería!
Detrás de Perla está Víctor, elegante y distinguido como su padre, con un sombrero que se desliza desde su cabeza hasta sus pies, transformándose en un balón de fútbol y luego en un campo de juego lleno de aficionados.
—¡Haznos soñar, Víctor, tíralo! —lo anima Alicia desde su ventana.
Víctor corre sin detenerse. Cuando un oponente le arrebata el balón, logra recuperarlo. Está sudando, concentrado, con sus pies como locomotoras. Está a punto de disparar cuando oye una voz tierna que lo llama:
—Papá, me ves, estoy aquí, levántame.
Víctor se detiene y regresa. El partido termina. El balón deja de rodar. Con su hijo a su lado, lleva el balón a la taquilla del vestuario. Deja de jugar y comienza a formar su familia.
Alicia está segura de que aquellas dos delgadas enredaderas, vestidas con pantalones cortos y ganas de correr, recuperarán el balón y el partido continuará:
—¡Gooooool, papá!
El último en la fila es Héctor, con un periódico en las manos y una larga bufanda de rayas. Él es el héroe de Alicia, el que encantaba a los transeúntes con su bicicleta y sus hermanos. Su madre la llevaba a menudo a verlo actuar en la plaza.
—¡Mira cómo vuelan esas pelotas y bolos! —decía Alicia entre la multitud—. ¡Qué bonito! Quedémonos a ver un poco más.
Nadie se movía de aquel lugar donde Héctor, sobre el duro asfalto, olvidando su cansancio, hacía girar objetos de colores en el aire al son de su trompeta. Si una pelota se le resbalaba de las manos, su hermanito la atrapaba. Cada función era una fiesta para grandes y pequeños.
Ahora todo ha cambiado. Los hermanos viven separados, y Héctor ya no recuerda cuándo dejó la bicicleta para sentarse tras un escritorio a escribir noticias en un periódico, en una ciudad donde las plazas son solo un punto de encuentro para los mayores, y las fuentes, un abrevadero para las palomas.
Desde su ventana, Alicia consigue devolver a cada vida los colores que el olvido ha engrisado y vislumbrar en cada transeúnte los deseos y sueños que el tiempo ha apagado.

