PAZ
Sinopsis:
Una reflexión poderosa y conmovedora sobre la devastación de la guerra y la urgencia de recuperar la humanidad perdida. Y lo haces con un tono íntimo y desgarrador que logra transmitir el cansancio moral y la impotencia ante la violencia cotidiana. Consigues poner en palabras un grito silencioso que resuena en todos los que aún creen en la paz. El lenguaje utilizado, cargado de imágenes sensibles, invita a la empatía y al compromiso.
PAZ
¿Cuántas palabras más necesitamos para hablar de paz?
¿Cuántas sonrisas más deberán reprimirse antes de que podamos regalarlas sin miedo?
¿Cuántos gritos desgarradores más harán falta para comprender que la guerra no ayuda a nadie? No puede ayudar a quienes están por nacer, porque la única música que escuchan, dentro del vientre materno, es el ulular de las sirenas o las ensordecedoras explosiones de cohetes que surcan el cielo con el único fin de matar sobre la tierra. No ayuda a un niño que se acostumbra a noches de insomnio y días vividos como un fugitivo. No ayuda a quien sueña con venganza, rebelión y conflicto, creyendo que así podrá vengar las muertes que ha sufrido. No ayuda a un padre que lucha por un mundo que solo anhela trofeos y victorias. Jamás podrá ayudar a un anciano que desea cerrar los ojos en un momento de calma antes de que estalle la próxima bomba.
¿Cuántos discursos vacíos más debemos escuchar para creer de verdad en la paz? Ya nadie espera con esperanza: solo se defiende, resignado, cediendo ante compromisos, falsos pactos y mezquinas conversaciones que, en nombre de la paz, solo conducen a nuevas guerras.
Estoy cansada de ver rostros y cabezas cubiertos de sangre por las balas, cuerpos mutilados por la metralla, madres rezando para que sus hijos sobrevivan, niñas que ya no sueñan con cambiar el mundo.
Quisiera ver el blanco de la nieve sin suciedad, sin dolor, sin heridas. Anhelo el amarillo del sol sin la negrura del humo, el verde de los campos libres de sequía y contaminación. ¿Qué puedo hacer para dejar de escuchar ese número de muertos que aumenta cada día, y que cargaré en mi conciencia como mujer, como ser humano?
¿Qué llamado a la paz podría hacer que llegara a los oídos de quienes negocian, de quienes prometen bienestar, de quienes dicen velar por su país? ¿Cuántas palabras quedan por pronunciar? ¿Cuántas mentiras más antes de aceptar que no podemos seguir así?
Cada mañana, con impotencia, recibo noticias que, tras unos minutos, ya no quiero oír. Detrás de cada cadáver hubo alguien que lo crió, madres que lo amamantaron en noches de desvelo. ¿Qué palabra podría detener esta carnicería? ¿Cuántos días más deberán pasar antes de apagar la idea de la guerra y avivar de nuevo el deseo de paz?
¿A quién más tendremos que perder para rendirnos, al fin, a la paz? No hay día en que la guerra no gane una batalla.
No me gusta este mundo que solo sabe comunicarse para reprocharse. Cuánta soledad hay tras cada rostro en guerra, luchando por ideales que ni siquiera son propios. Multitudes que obedecen órdenes sin comprender por qué ni para qué luchan. Individuos que ya no intercambian señales de paz, que viven armados para defenderse de enemigos que ni conocen.
Si la máquina de hacer dinero se detuviera un instante, ¿seguiríamos queriendo luchar, matar y pronunciar la palabra «guerra»?
¿Cuántas noches más tendrán que pasar las madres verificando que sus hijos duermen seguros en sus camas, libres de balas perdidas o de la amenaza de algún demente?
Si es cierto que la vida no es sencilla, ¿por qué insistimos en hacerla imposible? ¿Por qué aceptar que palabras como conflicto, discordia, lucha, disputa, enfrentamiento y batalla prevalezcan sobre una sola: paz?

