TANGO Y MILONGA

Massimo Maria Carpinteri, 2023-24, cm. 30×60, óleo sobre lienzo

TANGO Y MILONGA

SINOPSIS:

El cuento «Tango y Milonga» es una evocadora reflexión sobre la danza, la pasión y los recuerdos que nos definen. A través de la relación entre los dos protagonistas, se exploran los altibajos emocionales de la vida, las pérdidas y el deseo de redención. El relato captura magistralmente la transformación interna de Milonga, quien, a través del baile, se enfrenta a su pasado y se deja llevar por la música, dejando atrás el miedo y el dolor. La narración fluye con la misma intensidad que un tango, entre la nostalgia y el éxtasis, sumergiendo al lector en un viaje lleno de emociones complejas y universales.

TANGO Y MILONGA

        La pasión no se crea: llega y te transforma. Se alimenta de tu energía, y no puedes evitar rendirte y dejarte llevar por ella.

        Milonga está a punto de subir las escaleras que conducen a una nueva pista de baile cuando una avalancha de recuerdos la golpea, deteniendo —o quizás acelerando— su actuación. Tres pasos más, y será el centro de atención.

        Tango la espera, con una camisa blanca, tirantes anchos y pantalones con dobladillo. Sus brazos suaves y manos grandes la abrazarán y protegerán como un padre a su hija. A Milonga le encanta bailar desde pequeña, y aún recuerda cuando todos se giraban a mirarla mientras movía sus ágiles pies. Tras la muerte de su madre, todo cambió. Su padre decidió mudarse a Buenos Aires y nunca volvió a ver a su querida tía Tula, quien no dejaba de llorar en el aeropuerto antes de dejarlos ir.

        —Ese es el otro lado del mundo —repetía entre sollozos.

        Recordar aquella partida aún la deja sin aliento, pero no puede soltarse ahora que los profundos ojos negros de Tango la esperan. Lo conoció en una fiesta en la plaza, y no ha dejado de bailar con él desde entonces. La encontró sentada en un sofá destartalado donde solía pasar las tardes con su padre. Conectaron de inmediato. Bailaron en pistas abarrotadas y participaron en emocionantes concursos en Chicago, Nueva York, Roma y Caracas. Siempre estaban viajando, hasta que un día, Milonga —cansada y enamorada— detuvo el susurro de los volantes de su vestido rojo y el repiqueteo de sus tacones. Tango no lo entendió, pero se sentó y esperó pacientemente.

        Tres pasos aún la separan de él, y los recuerdos no paran de llegar. El primero es el de la casa oscura y fría donde dejó a su padre antes de partir a dar conciertos por todo el mundo. Cuántas veces quiso simplemente llamarlo para decirle que volvería pronto, pero la juventud no ve el fin de la vida tan rápido como la vejez. Los años que quedan son pocos, y todo se desvanece rápidamente, como aquella noche de baile en París, cuando le dijeron que su padre ya no respondería a sus insinuaciones. Ya no había puentes que los unieran, solo recuerdos que dolían más que la espera.

        —Vamos, vámonos, no te quedes ahí parada, Milonga. Todos te miran. ¿Qué pasa? —susurra Tango.

        En el segundo paso, un escalofrío de miedo la golpea, tomándola desprevenida entre las luces y los colores. Recuerda a ese hombre que la llenó de acusaciones e insultos durante tantos años. ¡Quisiera poder recuperar ese tiempo perdido tras sus falsas promesas!

        —Milonga, despierta. ¡Vamos! —Tango la devuelve al presente.

        Está lista para la pista de baile, aunque el resto sea otra historia. Piensa en el final de cada espectáculo. En el tercer paso, el sonido cautivador de trompetas, violonchelos y acordeones atrae a los dos bailarines a una pista que brilla como un mar en calma, listos para sumergirse. Bajo la atenta mirada de una luna creciente, el cielo se desvanece y los eleva a los tejados más altos, donde coloridos globos aerostáticos los transportarán de regreso. Bailan ante miradas atónitas y luces giratorias, como un ovillo de lana en su rueca. La sala se emociona y sonríen; nada es igual que antes. Tango abraza a Milonga, y el calor se funde con el deseo, el éxtasis de una nueva ronda. El placer se extiende por sus cuerpos, estiran las piernas, se abrazan las caderas hasta la última melodía. Milonga es feliz mientras Tango la sostiene, la acaricia, la deja deslizarse hacia atrás y luego la hace girar en el aire. La mano de Tango es firme en la de Milonga, y ella se inclina hacia atrás y se encuentra avanzando, después de unos segundos de confianza. El frío y el miedo han desaparecido. Ahora solo queda el placer para seducirlos.

        —Un último baile, Milonga.
        —Solo uno, Tango. Luego se apagan las luces y volvemos a ser Anna y Carlos.


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