Massimo Maria Carpinteri, 2023-24, cm. 3ox60, óleo sobre lienzo
LA SEÑORA LUISA TOMA EL SOL EN UNA PLAYA ABARROTADA
SINOPSIS
La lectura de este cuento entusiasma por las enseñanzas que encierra y por la maestría de la autora al expresarlas. Mi opinión es que este cuento es una hermosa metáfora sobre la perseverancia, el deseo de sentirse viva y visible en un mundo que muchas veces margina a quienes se salen del ideal de juventud. La señora Luisa representa a todas esas personas que, pese a los juicios y obstáculos, siguen luchando por sus espacios, sus sueños y su dignidad. Con un tono poético y toques de humor sutil, el relato transforma una escena cotidiana en una reivindicación luminosa del derecho a brillar, sin importar la edad. Su final simbólico y tierno deja una sensación de esperanza y ternura.
LA SEÑORA LUISA TOMA EL SOL EN UNA PLAYA ABARROTADA
El sol brilla para todos, pero hay quienes lo soportan y quienes lo aferran para no dejarlo apagar. Es verano, y entre miles de sombrillas abiertas y gente emocionada, la señora Luisa ha decidido ir a la playa. Deja a un lado la charla intrascendente con su vecina y se pone un vestido blanco con flores, tacones rojos y unas grandes gafas de sol. Quiere comprar un traje de baño —de esos que llaman bikini— que cuesta más que un vestido de seda, en una tienda cercana a la playa de Miramare.
Apenas entra, la joven vendedora la mira con indiferencia y la despide con rapidez. Hay otras clientas, jóvenes, esperándola.
—Señora, su talla no es fácil de encontrar en plena temporada. Estos son los únicos modelos que quedan, y sus generosos pechos apenas caben en ellos. Quizás debería haberlo pensado un poco antes.
—Dame esa última medida, el sol me espera —responde Luisa, pensando en esa niña que aún tiene dientes de leche y pechos planos como una tabla de surf.
Sale de la tienda y se dirige a un banco vacío con vistas al mar. Baja los pocos escalones que la separan de la playa y hunde los talones en la arena tibia. Las sombrillas, perfectamente alineadas, parecen formar el telón de un circo gigantesco. Hay juguetes por doquier y risas de niños que corretean entre camiones de plástico, palas y cubos de todos los colores. Los pequeños van y vienen, empeñados en traer agua del mar para construir castillos, mientras en la orilla otros juegan con panderetas. El golpeteo rítmico de una pelota que rebota de lado a lado acompaña las conversaciones de madres cansadas y padres aburridos, que darían lo que fuera por surfear en playas lejanas, sumergirse en aguas profundas, aunque solo fuera para dejar de oírlas.
—¡Disculpe, déjeme pasar! ¡Ay!… ¡Ay! ¿Qué hace ese trencito en la arena? Casi me torcí el tobillo. ¡Nooo! ¡No me mojes, por favor! ¡Espera, estoy detrás de ti! ¡Ooouh! ¿No me viste? ¡Uf! No puede ser, no podemos pasar…
La señora Luisa se detiene. Desde el banco, contempla cómo podría alcanzar un pequeño triángulo de tierra, quitarse el vestido y tomar el sol. Quiere mostrar a todos su más reciente compra. Lo intenta de nuevo, cruzando la playa entre miradas reprobatorias de quienes, desde sus sombrillas, la observan con recelo. Nadie parece dispuesto a ceder espacio a una mujer de mediana edad que —según ciertos murmullos— ya debería estar en casa a esta hora.
Ya son las doce, y la señora Luisa aún no ha tomado el sol. Es la hora de comer, y como en un desfile de moda, una procesión de sándwiches rellenos y bocadillos salados comienza a desfilar entre las manos de niños con apetito feroz. ¡Cruc, cruj! ¡Ñam, ñam! ¡Glu, glu! El mar cansa, el agua agota, afirman las madres satisfechas. El estómago de doña Luisa también ruge, pero ni siquiera el hambre logra alejar su deseo. Más que comida, anhela su rincón tranquilo con el sol de frente. Y justo cuando cree haberlo encontrado, un muchacho alto, decidido y satisfecho, como si fuera el primer astronauta en la Luna, se instala allí, abre su mochila, y levanta su sombrilla. Desde lejos, su novia —pálida y confundida— le lanza un beso.
—¡Pero ese rincón es mío! —protesta doña Luisa.
—Eso no es posible, señora. ¿Busca algo más? ¿No vio que llegamos antes?
—Pero…, sí…, sin embargo…, aunque…, no importa… ¡No importa!
Doña Luisa vuelve al banco. Se alisa el vestido, arrugado por la carrera, y por un momento piensa en rendirse o tal vez regresar al día siguiente. Está confundida. Pero que levante la mano quien no recuerde al famoso caballero español, don Quijote, que se entregó a la muerte apenas dejó de soñar. Los deseos son incontenibles, y para que se cumplan, hay que luchar, hay que estar dispuestos a todo. Así que, tras unos instantes de duda, doña Luisa se calza los tacones y se une a los niños que juegan en el agua. Apila sus juguetes y sube encima de ellos. Salta a la primera sombrilla, y de allí pasa a otra, y luego a otra más, avanzando por encima de las cabezas de los bañistas. Duda. Está a punto de resbalar. Pierde un zapato. Se pone de pie. Se equilibra. Casi llega. Solo hay un objetivo: alcanzar el sol. Extiende las manos y, de puntillas, como una bailarina experta, logra sujetar la enorme pelota amarilla que tiene sobre sí. La sostiene con firmeza y dirige delicadamente sus rayos hacia el final de la avenida principal, donde una niña llora porque le teme a la oscuridad. Luisa la conoce bien; es la misma niña que a veces escucha discutir con su vecina. Hoy quiere regalarle un rayo de sol, uno que le devuelva la sonrisa. De pie, con el sol en las manos, se queda allí, iluminando el camino, hasta que siente un tirón en la esquina de su vestido:
—Señora, baje. Hay un espacio libre allá, donde antes había una sombrilla. Ahora puede extender su toalla de playa.

