TRAS UN CRISTAL

Massimo Maria Carpinteri, 2023-24, óleo sobre lienzo

TRAS UN CRISTAL

SINOPSIS:

Tras cristal” es una pieza breve pero emocionalmente potente cargada de sensibilidad y simbolismo, que combina realismo social y lirismo poético. A través del juego de Andrea y Leonardo, se revela la dureza de la infancia en un entorno marginal, pero también la capacidad del sueño y la amistad para resistirla. El columpio se convierte en símbolo de esperanza y fuga, un pequeño milagro suspendido entre el cemento y el cielo. La repetición del verso infantil “Puti Putè” aporta ritmo y melancolía, un eco de inocencia frente a la pérdida. En conjunto, el relato conmueve por su ternura contenida y su mirada luminosa sobre la fragilidad humana.

TRAS UN CRISTAL

¿Alguna vez alcanzas el cielo con los pies bien puestos en la tierra?
Solo queda cantar para no pensar en el futuro, en la tristeza de estar solo algún día.
Y entonces, ¿hay que ir tan lejos para ser feliz?

Puti Putè
una pierna del rey
salta sobre una colina
pequeña, diminuta
que esconde
la otra pierna del rey.

Andrea y Leonardo son hermanos desde hace mucho tiempo.
No de sangre ni de apellido, sino de juegos, de heridas compartidas, de silencios rotos a carcajadas.
Se conocieron en la calle, cuando el deseo de estar al aire libre era más fuerte que el miedo a desafiar la incertidumbre.

El patio de su edificio no tiene árboles, solo los ecos de gritos y balonazos contra muros manchados de grafitis.
Es un rectángulo de cemento agrietado, rodeado por torres de hormigón donde cuelgan antenas, cuerdas de ropa y una rutina espesa.
Las ventanas parecen ojos cansados, y el único verde viene de una maleza que insiste en crecer entre las grietas.
Pero en medio de todo eso, está el columpio.
Oxidado, chirriante, pero firme como sus sueños.

—Vamos, Leonardo, aún más alto —grita Andrea, con el pelo alborotado por el viento—. ¡Hasta que agarres un trozo de nube!

Leonardo sonríe. Sus grandes manos empujan a su amigo con fuerza, con ritmo, como si conociera el compás exacto de los sueños.
A través del cristal de sus gruesas gafas, el mundo parece balancearse: torres grises, cables cruzados, ropa colgada, y luego… cielo.

Los dos chicos juegan a atrapar lo invisible.
Quieren ser astronautas, aunque no tengan telescopios ni libros sobre galaxias.
Por ahora, un columpio basta. Basta para volar, para olvidar, para sentir.

Allí arriba, sus mentes se nublan, su respiración se acorta, y sus bocas se abren de par en par.
Y no por miedo, sino simplemente para tomar aire y soltar una carcajada limpia, sin peso.

Andrea no deja de cantar su canción infantil:

Puti Putè
una de las piernas del rey
salta una colina…

—Sí, sí, quiero llegar a esa colina —dice—, para ver qué nos espera más allá del horizonte.

…pequeña, diminuta
que esconde
la otra pierna del rey.

Leonardo empuja sin detenerse.
Siente el esfuerzo en sus brazos delgados, pero sigue.
No solo por Andrea, sino porque cada vez que lo ve elevarse, él también sube un poco.
Aunque sus pies sigan en el suelo, su mente va detrás.

Tiene doce años, pero sus hombros ya saben del peso de las promesas.
Desde que su padre se marchó, es él quien le prepara el desayuno a su madre y le recuerda tomar los calmantes para el dolor de piernas.
Ella apenas sale de casa, con su bata deshilachada y los labios secos.
A veces le dice:
—Cuando puedas correr más rápido, llévame lejos de aquí.
Y él lo promete con los ojos:
Cuando mis piernas tengan fuerza, mamá, te llevaré al otro lado de la colina.

Andrea sueña.
Leonardo, en cambio, sostiene los sueños, para que no se caigan.

—Leonardo —dice Andrea de pronto—, desde aquí arriba incluso veo el mar.
Prométeme que un día me llevarás a correr por la playa y me enseñarás a pescar.
Dicen que los tesoros se esconden en el fondo del mar.

Leonardo lo mira, como si el sol lo hubiera iluminado por dentro.

—Agárrate fuerte, Andrea, tengo muchas ganas de ir a la playa contigo.

En ese instante, Andrea olvida por un momento a Luigi.
A Luigi, su hermano menor, que no hablaba mucho pero lo entendía todo con la mirada.
Se perdió el otro día. Salió caminando detrás de un gato, y no volvió.
Nadie lo ha encontrado. Nadie parece estar buscándolo ya.
Andrea canta para no llorar.

Puti Putè
la pierna del rey
salta una colina…

Leonardo empuja más fuerte.
Tal vez para que Andrea no vuelva a pensar en Luigi, o para que él mismo no piense en su madre dormida en el sofá con la televisión encendida.
Andrea se levanta de nuevo, el aire lo envuelve.
Arriba, donde no existen los hospitales, ni las desapariciones, ni el miedo.

—Leonardo, no me hagas bajar. Sube tú conmigo.
Olvidémonos de los nietos de la señora Lina que nos molestan.
Vienen todas las tardes a jugar al patio y solo saben gritar y empujar.

…salta en una colina muy, muy pequeña…

—Desde aquí arriba —dice Leonardo—, me imagino un jardín de verdad.
Con piscina. Con margaritas. Con limoneros.
Donde podamos correr sin miedo y tú no tengas que esconder tus dibujos en una caja de zapatos.

…que esconde
la otra pierna del rey.

—No dejes de soñar, Andrea.
¡Sigue soñando, me encanta!
Cantemos y riamos con los ojos cerrados en este columpio hasta encontrar la otra pierna del rey.
Esa que nos llevará a esa colina tan pequeña, donde todo será diferente.
Donde la felicidad no tenga que inventarse, sino simplemente estar.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *